lunes, 11 de julio de 2016

Is-sur-Tille

 El sábado vi los coipús atravesando Is-sur-Tille, en ruta entre la estación de tren del pueblo y el punto en el que, según el track de GPS que llevaba en el teléfono, empezaba la ruta que planeaba seguir a lo largo de la mañana. Por fin, tras demasiados fines de semana con mal tiempo y pocas ganas de hacer cosas, por fin digo se juntaron un sábado el sol y mi buen ánimo, y salí al campo por mi cuenta.

 La ruta en sí, y salvo unos primeros metros de pradera, era un paseíllo por el bosque, sin más, a la vez agradable y anodino: tanto podría repetirlo mañana, como no volver y no echarlo de menos. Constreñido como estaba por los horarios de los trenes de vuelta, entre volver o demasiado pronto o demasiado tarde, opté por la segunda opción, forzándome a pararme con cualquier tontería que viese y a caminar despacio.

 Me hacía ilusión tacharme algo con huesos, e iba buscando en concreto dar con alguna rana ágil, especie que se mueve en zonas boscosas y que cría en charcas entre los árboles como ésta. Y en la charca había renacuajos, pero a saber de qué sin cogerlos, y tan indeterminados se quedaron como poco determinado estaba yo a pasarme el día rebuscando en la hojarasca. Pocas sorpresas más me depararon los vertebrados, salvo algún carbonero palustre Poecile palustris que otro, especie que siempre me gusta ver, ya que aunque dentro de su área de distribución española no es raro, se ciñe tan estrictamente a la misma que yo, que no suelo ir mucho por el norte (Galicia aparte), lo veo bastante poco.

 Así que, a falta de vertebrados, me dediqué a los bichejos. Y a desesperarme con el macro de la cámara, que me cuesta horrores conseguir que enfoque lo que quiero. Mal que bien, conseguí ir haciendo algunas fotos de mariposas y otras cosas. Que no es que me hagan especial ilusión, pero si llegado el caso sí lo hacen en el futuro, al menos podré sentarme, tirar de fotos, y tacharme unos cuantos bichos cómodamente sentado en casa. Ésta de arriba creo que es una Argynnis niobe, la más pequeñaja de un género de mariposas de tamaño bastante grande.

 Este cerambícido con colores de avispa, que compartía umbela con multitud de minúsculos escarabajillos, es creo un Rutpela maculata. En el momento no tenía ni idea, pero a veces buscando en Google Imágenes cosas como "cerambycidae flor negro amarillo" acaba sonando la flauta...

 Otra Argynnis, creo que A. paphia, ésta ya bastante grande y además muy numerosa el sábado, sobre todo visitando las flores de las zarzamoras.

 También me extrañó encontrarme con muchos Calopteryx virgo posados en los arbustos a lo largo del camino, pues a estos caballitos del diablo los asocio con arroyos y otros cursos de agua, y por la zona la verdad no parecía haber ninguno cerca. En fin, vendrían del mismo sitio que las nubes de mosquitos que se me acercaban para comerme a besos cada vez que me detenía, a pesar del spray protector; y aún menos mal. Ésta de arriba es una hembra, verde...

 ... y aunque el color de la foto engaña algo, éste es un macho, azul y con las alas mucho más ahumadas.

 Una barraca de cazadores. Por todo lo largo del recorrido me encontré con puestos de montería y carteles que anunciaban que fines de semana y festivos de octubre a febrero era mejor no pasearse por allí. También con sitios donde habían tirado maíz y trigo, imagino que para tener contentos a los jabalíes de la zona, alimento base de los franceses desde la antigüedad. Otra cosa que asocio con Francia, aunque supongo que las habrá en otras partes, es esto de las barracas de cazadores, donde los asociados suben a pasar el fin de semana pegando tiros y en general haciendo cosas de hombres (y me pregunto a qué episodio de Los Simpsons me recuerda esto...).

 Falto de jabalíes, completé yo mis bocadillos con las fresas silvestres, que tan pequeñas eran que me imagino que agacharse a cogerlas y comerlas más adelgaza que engorda...

Mi comedor, en el borde del bosque. A ver dónde me lleva el tren el próximo fin de semana que me anime...

domingo, 10 de julio de 2016

Ragondins!

 Un canal poco profundo, en una villa florida de segunda categoría, pongamos que ayer por la mañana. Entre la vegetación del borde, algunos ánades azulones perezosos en plumaje de eclipse se estiraban al sol. Y mientras me pensaba si hacerles o no alguna foto, algo apareció flotando en el agua. Algo marrón, plano y "con textura", como un cojín medio hundido...

 ...o como un pato muerto, que es lo que me pareció de lejos. ¿El único problema? Que los patos muertos no nadan, y esta criatura estaba remontando la poca corriente del canal. Lo enfoqué con los prismáticos y lo reconocí enseguida, pero al mismo tiempo, por la ilusión que me hizo, casi ni me lo creía: ¡un ragondin!


 ¡Un coipú Myocastor coypus, vaya, por usar el nombre español -mapuche, más bien-! Yo sabía que había de estos bichos por Borgoña, pero encontrármelos era lo último que me esperaba ayer. Y menos en medio y medio del pueblo, y además en un canal (aunque tuviese poca corriente; éstos son bichos de aguas más bien estancadas). El bicho vio que le prestaba yo demasiada atención y, desconfiando un poco, giró en redondo y descendió canal abajo...


 ... pero casi al momento reapareció, acompañado de dos colegas; y tal vez confortados por el número se dedicaron a desayunar tranquilamente agarrando con las manos la vegetación de la orilla para masticarla luego a dos carrillos. El coipú (al que muchas veces en América llaman "nutria", y por apropiación también en lenguas tan dispares como el italiano o el polaco), es un gran roedor acuático propio de latitudes templadas del Cono Sur, que se caza por su carne y sobre todo por su piel. Y es por la piel por lo que se lo empezó a criar en granjas, como a los visones; granjas de las que escaparon o fueron liberados, originándose así poblaciones asilvestradas en buena parte de Centroeuropa (aunque de forma bastante aislada) y Norteamérica.

 ¿Veis los dientes, qué naranjas, como zanahorias? Una maravilla. La verdad es que me encantó verlos, con su pinta de pequeñas capibaras con cola. Se distinguen de los castores porque precisamente esa cola es cilíndrica, como la de una rata, y no deprimida como en éstos. Hay además en buena parte de Centroeuropa otra especie de roedor acuático introducido desde América para su uso en peletería: la rata almizclera, que también se da un aire a los coipús (y que también me gustaría ver antes de irme); pero ésta es bastante más pequeña, apenas el cuádruple que una rata normal...

Y es que los coipús ¡son bastante grandes! Unos seis kilos pesan los adultos. Os pongo esta última foto sin recortar para que veáis, viendo mi sombra, lo cerca que estaban y los buenos bicharracos que son.

Gracias a tacharme los coipús ya había cumplido ayer, pero eran apenas las nueve y pico y me quedaba aún mucho día por delante. No tan interesante, bien es verdad; pero para alguna entrada que otra más ya dará...

sábado, 9 de julio de 2016

El animal estrella de la estación

Empiezo a repetirme un poco con el tema de las serpientes de verano, ya, ya lo sé, pero me vais a perdonar que vuelva a dedicarle espacio a las culebras viperinas, esta vez en mi artículo del número de verano de EMNMM. Tened paciencia conmigo, que la inmensa mayoría de los que leen la revista no han tenido opción de hartarse ya de ellas en este blog como vosotros... por lo demás, siempre podéis saltaros las culebras y disfrutar del resto de la revista, que como siempre es de lo más interesante.


viernes, 8 de julio de 2016

Dos aviones en mi calle

Wikifoto

He de reconocer que siento un cariño especial por los aviones comunes Delichon urbicum, aunque la verdad no sé de dónde me viene. Creo, de hecho, que es un sentimiento más bien de pena, que lo que siento por ellos es a la vez nostalgia y compasión, más que cariño: nostalgia, o sensación de vacío, poned el adjetivo que queráis; porque en mi casa nunca hubo uno de esos nidos de barro en el alero o el balcón, que estoy seguro que me habrían entretenido durante horas sin fin. Y compasión porque son unos bichos que continuamente me dan la impresión de estar desapareciendo: pocas son las colonias que conozco en las que no son más los nidos rotos y vacíos que los ocupados. Está luego que de vez en cuando se los encuentra uno en el lugar más absurdo: tres o cuatro nidos perdidos en el centro de la ciudad, sea en un balcón de la avenida de Rosalía de Castro en Santiago cuando estudiaba yo la carrera (ya ni estarán, igual...), sea en otro en mi calle ahora en Dijon... tres o cuatro nidos que siempre dan la impresión de ser los últimos de muchos, el hogar de las últimas golondrinas abnegadas que, cada primavera, siguen saliendo a buscar barro cada vez más lejos, al borde de una ciudad que no para de crecer, por mantener viva la memoria de la casa en que nacieron... ¡cuánto antropomorfismo! Pero es que, en verdad, me trasmiten pena. Y me descolocan: suelen ser a la vez de las primeras golondrinas que veo en primavera,o de hecho aún en pleno invierno (más de uno y de dos y de cincuenta he visto en Extremadura, en Talavera de la Reina, en Doñana... en diciembre y enero), y por otra parte las aves más tardías en llegar a esas pocas colonias urbanas olvidadas que os digo, como si cada año les apeteciese menos volver. Aves que me descolocan por el timbre metálico y casi artificial de su reclamo, y porque además al mirar al cielo buscándolas resultan a veces casi invisibles contra el fondo iluminado, con esa barriga nívea que tienen. Y aves por fin que me hacen mucha gracia, con sus pequeñas patitas emplumadas y no desnudas, como si nunca se quitasen los mitones. Qué bichos más curiosos...

miércoles, 6 de julio de 2016

Barriga de salamandra (Parque Jurásico, y III)

 Lo mejor del pasado fin de semana llegó cuando, en mitad de la senda de las cascadas del Hérisson, apareció en medio del camino este charco enlodado e insulso.

 Mientras Vero y yo lo rodeábamos sin hacerle mayor caso, Raquel, bendita ella, se acercó, y tras ver lo mismo que vosotros en esta foto, nos llamó enseguida.

¡Al verla señalar algo que se movía en en agua del charco casi me da un vuelco el corazón! Y eso que yo sabía que el bicho que tantas ganas tenía de ver vivía precisamente en este tipo de ambientes... y con todo y con eso, a punto había estado de perdérmelo.

 Os hablo ni más ni menos que del sapo de vientre amarillo Bombina variegata, uno de tantos anfibios centroeuropeos que no tenemos en España, y probablemente el que más ganas tenía de ver, por la pinta maja de sapete que tiene...

 ... y por supuesto por el llamativo color de su barriga, que le hace merecedor de un nombre común la mar de bien puesto. Color que, como suele suceder en estos casos, avisa al depredador hambriento de que nuestro amigo puede causarle una buena indigestión, si no algo peor.

 Los sapos de vientre amarillo son una especie de batracio forestal especialista en explotar medios temporales como el charco de la primera fotografía. Son especies pioneras, de las primeras en aparecer en este tipo de ambientes de origen reciente, en los que se reproducen hasta que desaparecen, o hasta que otras especies de anfibio mayores y más voraces se asientan también allí, dejando menos sitio para ellos.

Esta especie recibe el curioso nombre francés de sonneur, "sonador": su canto no es particularmente potente, pero sí bastante musical. No llegamos a oírlos el domingo pasado, pero igualmente ya no se me borrará de la cabeza que fueron mi primer bimbo de 2016...

martes, 5 de julio de 2016

Hérisson (Parque Jurásico, II)

 A tiro de piedra del mirador de los cuatro lagos, estaba el Hérisson ("erizo"), pequeño río famoso por su sucesión de saltos, paseando junto a los cuales echamos el resto del día.

 Más vegetación centroeuropea: un arce menor Acer campestre, especie frecuente en el sotobosque. En España también lo tenemos, pero es menos abundante que su primo el arce de Montpellier A. monspessulanum.

 Y una ramilla con frutos aún verdes de un carpe Carpinus betulus, otra especie centroeuropea (en España entra apenas en Pirineos por un par de valles navarros) muy frecuente y que me gusta mucho. Es una betulácea, como evidentemente los abedules, y el avellano, al que sus frutos recuerdan bastante.

 Pero bueno, vamos con el río y sus cascadas, que era la gracia del asunto. El camino que seguimos recorre "siete", todas en origen supongo que naturales, pero algunas "reformadas" y reguladas con estructuras de cantería, tras haberse usado en su día para alimentar molinos o batanes.

 Otras, sí, naturales. La verdad es que aunque no cayese mucha agual el panorama era bastante agradable.

 Más plantas: una consuelda Symphytum officinale ahora, una de un prado que estaba lleno de ellas; especie tradicionalmente empleada en forma de cataplasmas para tratar golpes y quemaduras.

 Vuelta al río: por tramos también discurría en llano, con el bosque, lleno de zorzales comunes y currucas capirotadas, muy cerrado sobre él y sobre el camino.

 ¡Y venga saltos otra vez! De los manejados, junto a las ruinas de un molino...

 ... y de los naturales también. Tuvimos bastante fortuna ambos días del fin de semana de coincidir con bastante poca gente en las rutas, de una porque con nuestros horarios sureños de comer y cenar, por ejemplo este domingo por la tarde nosotros empezamos a andar cuando ya buena parte de la gente se estaba marchando. Y el domingo además jugaba Francia en la Eurocopa, lo que debió de dejar también a bastantes domingueros en casa.

 El último salto de la ruta ya, el más alto y espectacular de todos, aunque de lejos no lo parezca.

 ¡Y bichos también, claro está! Mis dos compañeras de viaje por ejemplo, a horcajadas sobre un hérisson...

 Un gran caracol borgoñón Helix pomatia; os hacéis una idea del tamaño.

 Por el medio, un río rápido de aguas aparentemente limpias, con mucha piedra y saltos, podríais pensar que debía de haber bastante mirlo acuático Cinclus cinclus, y estaríais en lo cierto. Este de la foto era un polluelo recién independizado.

Despido ya esta entrada, más abundante en fotos que en texto, con una imagen de un tritón palmeado Lissotriton helveticus en fase terrestre, mi segundo ejemplar de la especie :-) Y dejo para mañana otro herpeto que puso la guinda al viaje...

lunes, 4 de julio de 2016

Quatre Lacs (Parque Jurásico, I)

 Tras una salida de Dijon más tardía y accidentada de lo que nos hubiera gustado (incluyendo que una de mis visitantes se abriese la cabeza en las escaleras de casa y tuviésemos que buscar una farmacia de guardia), conseguimos por fin ponernos en ruta hacia el este: dejamos atrás Borgoña, entramos en el Franco-Condado, y por fin pudimos empezar a llamar montañas a las colinas. Montañas que, por cierto, no estuvieron siempre ahí... la roca caliza sobre la que crece la mata de serpol serrano Thymus praecox de la foto, fue en su tiempo (en un tiempo muy concreto), antes de que la presión la transformara en roca, una capa de sedimentos del fondo del mar de Tetis.

 Extinguidos ya los dinosaurios tiempo ha, el movimiento hacia el norte de las placas tectónicas sobre las que se encuentran África e India hizo que eventualmente terminasen colisionando con Eurasia: esta colisión originó la principal red de cordilleras que, en sentido oeste-este, recorren todo el Viejo Mundo, desde el Atlas hasta el Himalaya, incluyendo por supuesto a los Alpes, que dieron a este fenómeno el nombre de orogenia alpina. Secundariamente a estas grandes cordilleras, la tierra desplazada originó otras en sus contornos en sentido oblicuo, norte-sur, y sobre una de éstas nos encontrábamos: el macizo del Jura, fronterizo entre Francia y Suiza. Esta serie de colinas, de altura decreciente cuanto más al este (hasta acabar en las côtes de las que hablaba ayer), hicieron que el antiguo fondo marino que llevaba más de 150 millones de años soterrado aflorase a la superficie. Y por asociación con estos montes, el periodo geológico en que se formaron sus rocas recibió el conocido por todos nombre de Jurásico...

 En el Jurásico más auténtico nos estábamos paseando pues, y yo en vez de sacar fotos de dinosaurios, pues me entretuve sacando fotos de flores que me sonaban o resultaban más o menos llamativas, como esta genciana amarilla Gentiana lutea...

 ... o esta orquídea verde Coeloglossum (= Dactylorhiza) viride.

 El Jura alcanza unas alturas modestitas. Estábamos haciendo una ruta que, partiendo del Pic de l'Aigle, a poco menos de 1000 msnm, recorría una cresta caliza permitiéndonos ver varios lagos que había debajo. Esto de la foto es lo que se veía hacia el oeste; hacia el este, de no haber estado el día tan cubierto como estaba (aunque no llovió y la temperatura era muy agradable), sí se habrían visto los picos más notables de los Alpes, Montblac incluido.

 El sendero, bastante breve, transcurría casi todo él bajo la cobertura arbolada, donde a mayores de las hayas y carpes del día anterior se unían a la fiesta arbórea piceas Picea abies y abetos Abies alba, permitiendo en directo ver las diferencias entre ambos géneros de "árboles de Navidad".

 Un primer mirador, desde el que se veían dos de los cuatro lagos, invitaba a seguir hasta el último...

 ... pero el avance en realidad resultaba de lo más penoso, pues entre las lluvias y los camiones de los trabajos forestales, el camino estaba destrozado, y no erasino un barrizal por el que resultaba lentísimo avanzar.

 Llegamos así ya bastante hartos hasta el último mirador, desde el que por fin se veían los cuatro lagos. Casi a la vez aparecieron por otro lado un montón de jubilados que, a la vista de sus andares y la limpieza de sus pies enchancletados, no podían venir de hacer un camino tan malo como el nuestro.

 Siguiendo a la inversa el medrado reguero de viejos, descubrimos los autocares de los que habían bajado, y por ende que había una carretera que conectaba cómodamente el aparcamiento donde habíamos dejado el coche con el mirador. Así que por la carretera volvimos ya directos al coche, muertos de hambre...

... aunque no tan muertos que no me diesen ganas de sacar alguna foto más. Esto no sé qué es, pero era bonita. Mañana más.