domingo, 31 de julio de 2016

Azoreanos de pura cepa

 Por lo poco que os he podido enseñar en las entradas anteriores, habéis visto que Terceira es una isla bonita. No es con todo la que tiene los paisajes más espectaculares de Azores, ni tampoco, por desgracia, la que alberga la única especie de ave terrestre endémica del archipiélago: nuestro querido priolo Pyrrhula murina. Así que tocará volver, al menos a São Miguel, y ojalá que más pronto que tarde... De todas maneras, a pesar del tempo limitado que tuvimos, la verdad es que el pajareo se dio bastante bien, y sí pude ver todas las aves terrestres de las islas, desde las subespecies endémicas hasta las especies introducidas; y además muchas de ellas se dejaron fotografiar. Vamos pues con una serie de fotos, para dar por concluida la serie de entradas sobre el congreso...

 A mayores del camachuelo que comentaba antes, sin duda el pájaro más diferenciado del archipiélago, y que más ganas tenía de ver, es la subespecie azoreana de pinzón vulgar Fringilla coelebs moreletti. Como sucede con las otras razas diferenciadas de esta especie (en el resto de Macaronesia, y en el norte de África), las hembras son indistinguibles de las continentales, pero los machos sí son llamativamente distintos, con la espalda gris verdosa en vez de marrón, el pecho de color mucho más discreto y el pico apreciablemente más grande.

 Otro más, oculto entre el follaje de un cedro japonés. El canto de estos bichos también se me hacía distinto; al menos el de algunos, que emitían un trino tan simple que me recordaban bastante a un escribano soteño. En fin, bichos curiosos... pájaros que por otra parte no es que fuesen escasos, pero según pone en las guías me los esperaba más abundantes y urbanos, además.

A ellos y a los canarios silvestres Serinus canaria, que contaba yo con verlos en los jardines de Angra, como en Tenerife, y no siendo el día que hicimos la ruta de Mistérios Negros creo que no los vi más.

Los mirlos Turdus merula azorensis en cambio sí eran mucho más frecuentes. Al contrario que con los pinzones, aquí no es el macho como el de la foto, sino la hembra, la que resulta más distinta de las continentales; bastante más oscura.

 De todas maneras, como os dije en alguna entrada anterior, las Azores son unas islas en general bastante jóvenes, y muchas de las "subespecies" locales están tan poco diferenciadas que no son pocas las obras que ni las reconocen. Ajenos a estas disquisiciones, los estorninos pintos Sturnus vulgaris granti venían a dar la lata al muro de la finca mientras desayunábamos.

 Un par de palomas torcaces Columba palumbus azorica, de color en general más oscuro que las continentales, y con la mancha blanca del cuello más reducida; pero en general bastante reconocibles...

 Y cómo no, un machete bien majo de curruca capirotada Sylvia atricapilla gularis, que parecía un tanto tristón al verme, ahora que ya no me dedico a estudiarlas. De pajarillos pequeños autóctonos, también vi, pero me quedé sin fotos, las lavanderas cascadeñas y los reyezuelos sencillos. También vi un par de busardos ratoneros (los "azores" que en origen dieron nombre a estas islas), únicos depredadores nativos del archipiélago junto con...

 ... los búhos chicos Asio otus, que desde luego no contaba yo con ver. Pero había una pareja criando en una morera del patio de una guardería en Praia da Vitória, y se les veía perfectamente desde la calle. Me hizo mucha ilusión la verdad, pues es una especie que he visto muy pocas veces, y nunca tan bien.
Completaban el elenco de aves terrestres las dos especies introducidas más ubiquistas, gorriones comunes y palomas domésticas, y además jilgueros, y los picos de coral, de los que vimos unos cuantos en el paúl de Praia da Vitória. Este humedal es, como os decía hace unas cuantas entradas, un imán para las rarezas americanas durante la estación fría. Ahora en verano también tenía su bicho raro, para que no nos fuéramos de vacío:

 Un morito común Plegadis falcinellus. No es que me muriese de alegría al verlo precisamente, pero oye, una rareza es siempre una rareza, aunque no sea rara allá de donde viene uno. Como cuando "me taché" las urracas o el escribano montesino en Mallorca. Aquí en el paúl criaban además ánades azulones, fochas comunes y gallinetas comunes, que son las tres colonizadoras relativamente recientes de las islas. No vi en cambio ni agachadizas comunes ni becadas, las dos limícolas reproductoras en Azores, que no me hubiese importado nada añadir a la lista...

 Pasamos de las aves terrestres a las acuáticas, y entre éstas de las dulceacuícolas a las marinas, de las que hay una buena representación en este archipiélago. Empezando por la subespecie local de gaviota patiamarilla Larus michahellis atlantis, de dorso más oscuro que las peninsulares, y que además tiene el capuchón oscuro que se les pone a muchas gaviotas grandes en invierno mucho más extendido, y durante más tiempo, que éstas (foto comparativa); recordando así un poco a una gaviota sombría.

 Ya entre los juveniles, había mucha variación, pero algunos eran desde luego llamativamente oscuros, tanto que estoy seguro de que harían sudar a más de uno si apareciesen de esta guisa en el continente... 

Pero no había muchas gaviotas, al menos en Terceira, cosa que me sorprendió un poco. Los charranes comunes Sterna hirundo, que crían dispersos por todas las islas, incluso en el puerto de Angra, eran mucho más abundantes de hecho. Entremezclados con ellos crían además los charranes rosados, que tienen en Azores su principal lugar de reproducción en el Atlántico norte; pero ésos, ¡ay!, me los comí con patatas. Crían también en Azores varias especies de paíños y pardelas, pero que no se dejan ver mucho por Terceira (y menos de día, claro, pues estas aves acuden a las colonias por la noche): sí vimos al menos, y sobre todo escuchamos, pardelas cenicientas llegando del mar a sus nidos en los acantilados, alumbradas por la Luna...

Por terminar con el apartado de endemismos azoreanos me gustaría hablaros del único mamífero autóctono, que es claro está un murciélago: el nóctulo de Azores Nyctalus azoreum. Con ser el más pequeño de los nóctulos europeos, sigue siendo sin embargo bastante mayor que muchos de los murciélagos "corrientes", y sobre todo llamaba la atención porque en estas islas, donde no hay ni gavilanes o halcones que se los puedan comer, ni golondrinas o vencejos con los que competir, salen a alimentarse cuando todavía quedan bastantes horas para que se extinga la luz, y los veíamos cada tarde revoloteando frente al centro de congresos o las terrazas del puerto, para gran admiración de muchos congresistas... nada, una última pequeña maravilla más de estas islas, un último apunte de un viaje al que fui, visto el poco tiempo libre que íbamos a tener, con unas expectativas muy pobres; lo que me sirvió para verlas felizmente sobrepasadas. Tengo que aprender, para expediciones posteriores.

sábado, 30 de julio de 2016

El pepeiper

 Hago un breve inciso antes de terminar con la serie de entradas sobre Azores: al comentar ayer mis añoranzas del trabajo con lagartijas, me di cuenta de que había olvidado hablaros de la nueva criatura, que nació a primeros de mes...

¡Aquí está, tan bonito él, ya maquetado! El último artículo publicado en el que salgo de firmante. El proceso de publicación del "pepeiper" (Pepe+paper) amenazó con eternizarse y acabar sobrepasando nuestra paciencia, pero finalmente terminamos por sacarlo adelante: es el último capítulo de la tesis de Joaquín, ampliado con nuestro "muestreo de la mariposa", es el primero de los artículos en los que aparece Álex como firmante, y el primero y de momento único que muestra mi breve pero entretenido y espero que fructífero traspaso del "equipo curruca" al "equipo algirus" del Departamento. Y al ritmo lento al que avanzamos aquí en Dijon, es probablemente la mejor publicación en la que aparecerá mi nombre de este año. Muchos motivos para tenerle cariño, ya veis...

viernes, 29 de julio de 2016

Bellezas exóticas

Capuchinas Tropaeolum majus, americanas
Creo que ya insistí en la entrada de ayer largo y tendido en el tema de las especies exóticas que medran en Azores por todas partes, pero la verdad es que el tema llama tanto la atención en directo que me da de sobra para otra entrada...

El carácter exótico de algunas especies resulta evidente, si acaso tanto más cuanto, por estar acostumbrado a verlas tan modositas en los jardines, sorprende aquí ver las hortensias desmadradas, casi cual mimosas en Galicia. Con un criterio estético bastante loable, las hortensias se emplearon en estas islas como setos con los que bordear caminos y separar fincas, y vistas las islas desde el aire, la red azul-blanquecina que delinean resulta en estas fechas más que evidente.

Otras especies en cambio por desconocimiento resultan al principio muy atractivas: me pasó con este Polygonum, que vi tan primorosamente integrado en el muro sobre el que crecía que le saqué algunas fotos, esperando confirmar más tarde en Internet que fuese algún asunto endémico que me alegrase de haber retratado... y que resultó ser P. capitatum, una especie del Himalaya usada en jardines como tapizante.

Una lantana: otro mal bicho, que crecía en este caso enraizada en las grietas del muro del centro de congresos...

... pero que no os muestro tanto por la planta, como por lo que trepando por ella me encontré, atenta tanto a los insectos que acudían a las flores como a alimentarse ella misma de néctar y polen: una lagartija de Madeira Teira dugesii.

Como podéis sospechar por el nombre, la lagartija de Madeira tampoco es propia de Azores, sino que en origen era endémica de ese otro archipiélago portugués. Siglos de comercio entre islas y con el continente han hecho que inadvertidamente haya colonizado este otro archipiélago, y además la zona del puerto de Lisboa. En todo caso, al ser originaria de otro enclave macaronésico, no se la veía aquí tan fuera de lugar, y he de confesaros que de hecho era de las cosas que más ganas tenía de ver durante este viaje. Una hembra en esta foto, con la coloración "típica" de tantos lagartos europeos: dorso claro y una banda más oscura (casi negra en este caso) a lo largo de los costados.

Y un macho en esta otra, de color uniformemente reticulado entre negro y gris verdoso brillante. Como suele suceder con las lagartijas en islas, las lagartijas de Madeira en Terceira eran muy abundantes y muy descaradas y curiosas: se las veía trepando y peleándose por todas partes, tratando de hincarle el diente a cualquier cosa que pareciese mínimamente comestible, dedos de congresistas despistados incluidos; y me encantaron, como bien sabía que iba a pasar. Porque está bien haber vuelto ahora al tema de los parásitos, tener una postdoc donde por fin cobro un sueldo decente y todo eso, pero ¡echo bastante de menos trabajar con lagartijas!

jueves, 28 de julio de 2016

Mistérios Negros

 Uno de los platos fuertes de todo congreso de temas de "biología de bota" suele ser el día de la excursión: el que justifica normalmente el emplazamiento escogido para celebrar el congreso y hacerlo más atractivo para los visitantes internacionales. Este congreso nuestro se quedó un tanto cojo en ese sentido: cierto es que, tanto antes como después del mismo, había viajes organizados de una semana por otras de las islas, pero creo que fueron contados los que decidieron reservarlos. El viaje del congreso propiamente dicho no fue siquiera de un día, sino que se organizó el mismo recorrido breve de unas tres-cuatro horas en tres horarios distintos; cosa necesaria, ya que éramos tantos que difícilmente podríamos pretender hacer todos a la vez las mismas rutas y encima disfrutarlas. El problema fue que, a la vez que se celebraban estas breves excursiones, ¡seguía habiendo congreso!, y además charlas que nos interesaban bastante, de modo que no nos apuntamos. Pero como teníamos el coche, y la luz se iba tarde, uno de los días al acabar hicimos nosotros un pequeño viaje por libre.

Imagen de aquí
Y por libre nos fuimos al centro de la isla, a recorrer uno de los senderos más conocidos de la isla: la ruta de Mistérios Negros, que recorre espacios de bosque y pradera que rezumaban humedad en un grado tal que resulta inimaginable en los bosques "húmedos" de Canarias, la laurisilva que, sin haberla pisado yo tampoco apenas (ej1, ej2), tenía forzosamente que usar de referencia mental. A modo de comparación, decir que los niveles máximos de precipitación que se recogen en Anaga, son los mínimos de Azores a nivel del mar... ya os dije ayer que las nubes eran una constante, y la cantidad de barrio y agua de los caminos en pleno julio resultaban sorprendentes hasta para un gallego.

 La ruta comienza junto a esta pequeña construcción, que nosotros no visitamos y los congresistas en "viaje oficial" sí, y que alberga en realidad el acceso a la Gruta de Natal, una cueva bastante grande preparada para su visita turística. No penséis en todo caso en la "típica cueva" caliza que tenemos en el continente, con sus estalactitas y toda la historia: ésta es un tubo de lava; simplificando mucho, como una cañería por la que fluía lava durante una erupción, hasta quedar vacía con el fin de la misma. Por dentro los túneles son pues mucho más "limpios", casi como si fuesen excavados por el hombre.

 Pero volvamos a la superficie, que ya os digo que a la cueva nosotros no entramos. En un primer vistazo, la verdad es que la frondosidad con que crece la vegetación en la isla impresiona...

 ... y me imagino que, qué sé yo, alguien de mi familia, volvería a casa muy impresionado, alabando lo bonito y bien cuidado que esta todo. Y visto de lejos, así es; pero los biólogos tenemos la "cruz" de además leer entre líneas, de ver que en realidad la isla está echada a perder: que donde antes creció una laurisilva subtropical única ahora prácticamente lo único que hay, aparte de núcleos de población y huertas, son básicamente o prados de ganado, o plantaciones de eucaliptos y, sobre todo, de cedros japoneses Cryptomeria japonica, conífera que como viene de otra isla volcánica húmeda se da aquí a las mil maravillas. Y bajo los árboles, en los bordes de los caminos, en las huertas abandonadas... crece otro conjunto de plantas muy bonitas, pero también exóticas en su mayoría, que se reparten los despojos...

 ¡A saber si la profusión de musgos y otras plantas minúsculas que tapizaban los muros y hasta el suelo eran también locales o no...!

 Pero no era toda la ruta así, a Dios gracias. En alguno puntos, no sé si de forma natural o merced a claros abiertos a propósito, las plantaciones de Cryptomeria daban paso a rodales de vegetación autóctona.

 Masas mixtas por ejemplo de enebro de Azores Juniperus brevifolia...

 ... y brezo de Azores Erica azorica. Las Azores son islas en general bastante jóvenes, y sus especies endémicas no se distinguen mucho de las especies equivalentes en el continente o en el resto de la Macaronesia. Como además no son muchas, pues más fácil que nos lo ponen a los botánicos diletantes con ganas de colgarle a todo una etiqueta.

 Otro espacio abierto; abierto por decir algo, pues las masas de brezo y enebros recubrían todo el terreno.

 Enebros, brezos y más endémicas: como el arándano de Azores Vaccinium cylindraceum, de gran porte, nada que ver con los arándanos herbáceos de los pinares de montaña españoles; tanto que hasta que vi los frutos pensé que eran algún tipo de madroño.

 O como el laurel Laurus azorica, de olor idéntico al continental y del que en realidad apenas se ha diferenciado genéticamente, aunque llama la atención por sus hojas mucho más redondeadas y suavemente tomentosas.

 Tras comenzar entre prados e internarse después por bosques enlodados, la ruta va poco a poco ascendiendo y encaminándose entre dos moles basálticas. Y el terreno ya no es de barro, sino directamente de piedra, y saltando de piedra en piedra va uno cada vez encajonándose más...

 ... hasta pasar a caminar directamente bajo los arbustos y casi en la oscuridad, avanzando muy lentamente y, todo sea dicho, de forma bastante trabajosa.

 Pero es un tramo que apenas dura un momento, y al alejarse luego y echar la vista atrás uno ve que de donde viene es ni más ni menos que de los mistérios negros en persona: unas colinas de lava recientes y "misteriosamente" desprovistas de vegetación, que destacan oscuras en medio del panorama verde. Poco misterio es, teniendo en cuenta que la roca de que están formadas apenas sustenta aún suelo donde puedan crecer las plantas.

 La ruta va volviendo poco a poco al origen luego de nuevo entre plantaciones forestales y entre prados con vacas, que se procuraban la cena a la luz menguante del atardecer.

Luz que, ya desde el coche y volviendo a Angra, nos permitió todavía ver a lo lejos, descollando sobre las nubes que ocultaban tanto el mar como la isla intermedia de São Jorge, la cumbre de Pico, la más alta de las nueve islas azoreanas. En Pico y en Faial han estado precisamente estos días mi jefe y el otro profesor del grupo, y en São Jorge la otra postdoc, iniciando los tres sus vacaciones a base de prolongar los días del congreso. Vuelven todos hoy, pero no por la facultad, que aún tardarán otros quince días en volver a pisar. Los que me quedan a mí para marcharme... ¡qué ganas ya!

miércoles, 27 de julio de 2016

Tres lugares de Terceira

 El edificio redondeado que veis en primer término es el Centro de Congresos de Angra do Heroísmo, donde pasamos la mayor parte de la semana pasada; echadle un ojo si queréis a un mapa de la isla, para situaros. El edificio, en un altozano, permitía tener una buena panorámica del resto de la ciudad, que caía mayormente hacia el este hasta morir en el amplio puerto, a la izquierda en la foto del monte Brasil, un pequeño volcán que da abrigo del mar abierto a la ciudad. Y sobre el monte, el cielo permanentemente azul con el que bendice a las Azores el anticiclón de su mismo nombre...

¡Ja! Más quisiéramos... el anticiclón nacerá allí, pero si las Azores son tan verdes es porque a lo largo de la inmensa mayoría de los días del año el cielo luce así, incluyendo la semana del congreso, mientras que en el continente os achicharrabais... pero bueno, haciendo honor a la verdad, lo cierto es que apenas llovió, y la temperatura fue de lo más agradable.

 El puerto de Angra, con los dos islotes de las Ratas al fondo. El centro de la ciudad propiamente dicho es muy pequeño, y la mayor parte de la misma se compone de barrios más rurales que urbanos, que suben por las empinadas laderas monte arriba, cada vez menos casas, cada vez más huertas con gallinas, perros mestizos y campos de maíz; hasta que sin darse cuenta uno está ya en medio de la gran cuadrícula de prados, bordeados con muretes de piedra y hortensias, que recubre la mayor parte de la isla. Prados donde pastan las vacas frisonas que sustentan buena parte de la economía insular, y algunos hatos de toros bravos también, pues los encierros suelen ser el plato fuerte de todas las fiestas locales.
Las casas de Terceira son bajas y llamativas, pintadas ya de blanco con las molduras de puertas y ventanas de colores chillones, ya a la inversa. Las iglesias son grandes y todas cortadas por el mismo patrón: planta rectangular y dos torres gemelas de campanarios puntiagudos flanqueando la fachada principal; también de colores. Lo moderno del centro de congresos contrastaba fuertemente con el ambiente del resto de la isla, anclado por el aislamiento insular en el Portugal que conocí cuando de pequeño bajábamos algunas veces los fines de semana a comer bacalao a Barca o a Valença do Minho, cruzando el río en transbordador: gente agitanada (a falta de otro término que suene menos despectivo, ya me perdonaréis), todo lleno de pick-ups Toyota y taxis Mercedes del año de la pera, como en general todos los vehículos; mucha juventud y mucha tranquilidad, tanto por la calle como en la carretera...

 A Praia da Vitória, en el este de la isla, junto al aeropuerto, fuimos el jueves los que participábamos en el simposio de evolución de aves en islas, para una vez finalizado el mismo (en otro centro de congresos a estrenar) echar un rato en el Paúl, un humedal famoso en inverno por albergar normalmente casi más especies y ejemplares de aves americanos que europeos, pero que ahora en julio apenas sí tenía unos cuantos patos domésticos...

 En una isla llena de edificios llamativos, los "impérios" se llevan sin duda la palma: son "templos laicos" que, a partir de su origen como capillas de culto al Espíritu Santo, actúan además como centro de asociaciones vecinales. Muchos eran los barrios que celebraban sus fiestas durante nuestra estancia en la isla, y al salir por la noche a cenar se podía ver bastante gente alrededor de estas construcciones: mesas con comida y baile fuera, muchas velas y fieles dentro.

Y S. Mateus da Calheta para terminar: un pequeño puerto pesquero al que fuimos a dar una vuelta y cenar la última tarde, finalizado el congreso, ya por nuestra cuenta. Al bajar del coche, unos chiquillos que correteaban por el puerto sin más supervisión que la de otros apenas un par de años mayores que ellos que estaban allí pescando con línea de mano, me pidieron los prismáticos, y tras dejárselos yo un tanto receloso salieron corriendo con ellos, pero sólo hasta el borde del agua, para arrancárselos unos a otros y decir que qué bien se veía el monte Brasil desde allí mientras los cogían al revés... su trabajo me costó recuperarlos, pues hasta que no hubieron mirado todos varias veces no hubo manera. Se nos pegaron después y vinieron paseando y peleándose detrás de nosotros, hasta que a base de no hacerles caso se acabaron aburriendo y volviéndose a pescar con los "mayores"... (a esto me refiero con "agitanados", sin ninguna maldad). Al volver al coche después de cenar, resultó que la llave de nuestro Clío viejo de alquiler no giraba en la cerradura. Y al querer abrir el maletero para entrar y abrir las puertas desde dentro, resultó que estaba abierto... y vacío. Prismáticos, cámara... y mis compañeros que además habían dejado en el coche la documentación, los listos de ellos. Y pasamos unos segundos de verdadera angustia... hasta que nos dimos cuenta de que ¡estábamos hurgando dentro del coche que no era!, y que el nuestro estaba aparcado, sano y salvo, un par de coches más allá. Menos mal que no nos vio el dueño...

lunes, 25 de julio de 2016

Airborne

Estuve ayer repasando las fotos que saqué a lo largo de la semana del congreso y estoy medianamente satisfecho con ellas; creo que darán para varias entradas. Pero básicamente por fastidiar, en ésta vais a tener que conformaros con mis palabras... Salimos de Dijón muy de mañana el domingo 17 camino de París, para tomar el primero de los dos vuelos que nos dejarían en Terceira, vía Lisboa. Iba sentado en la ventanilla, y por suerte la avanzadilla de la ola de calor que os achicharró a lo largo de la semana pasada, y que nosotros ni olimos, había dejado toda Europa occidental prácticamente libre de nubes. Por suerte, digo, porque aunque mentalmente uno siempre se imagina viendo desde el avión todos los paisajes de las regiones sobrevoladas, bien sabéis que en la práctica sólo suele verse una alfombra blanca. Pero estaba enrollada la alfombra el domingo, como digo, y al ir atravesando Francia se iba sucediendo el mosaico de bosques, prados de ganado y campos de cereal y colza listos para ser cosechados: cuadrados mayores y menores, y otras manchas con formas más elaboradas, al capricho de ríos, carreteras y desniveles. Salimos por fin al Atlántico al sur de Nantes, dejando a la izquierda las grandes bahías que rodean La Rochelle, y más a lo lejos el alargado estuario de La Gironda, donde mueren a un tempo Dordoña y Garona, río de cuyo origen ya hablé en su día. Mientras el avión trazaba un arco por el Cantábrico supongo que dormí algo y leí un rato, pero enseguida volvieron a pasar cosas interesantes allá fuera: tomamos metafóricamente tierra sobre la rasa cantábrica, que enseguida se alzó para dejar a un lado las cumbres tocadas de blanco de Picos de Europa, y detrás de los montes la sucesión de embalses del reino de León, empezando por Riaño y acabando en Ricobayo y La Almendra. Cruzamos el Duero dos veces: la primera no muy lejos de donde debe de cruzarla el ferrocarril, cuya línea ininterrumpida por incorporaciones se distinguía nítidamente de las autovías desde el aire; y la segunda sobre las estrecheces de Las Arribes, entrando enseguida en Portugal. Y más ríos y más embalses, pintando de azul los pliegues de unas sierras marrones: descendimos el Zêzere al encuentro del río de las arenas de oro, y siguiendo la franja intensamente verde de los arrozales de sus orillas llegamos por fin al mar de la Paja, a los puentes y a Lisboa. Y algunas horas de insulso Atlántico más tarde, éste ya sí oculto por las nubes, atravesamos éstas para darnos ya de bruces con Terceira, muy verde y muy negra. Una isla que descubrir y un congreso que disfrutar nos esperaban al otro lado de su aeropuerto de juguete. Pero eso ya será otro día...

Feliz Santiago a todos.