lunes, 6 de noviembre de 2017

Enlaces de candente actualidad

... O no tan candente, me temo, pues varias entradas sobre Mokala y una independencia catalana más tarde, ¿quién se acuerda ahora de los incendios de hace un mes, sino apenas aquellos que lo tuvieron a la puerta de casa? Y casi ni ellos, pues si algo caracteriza al monte gallego es la recurrencia de los fuegos, en los mismos lugares, una y otra y otra vez, hasta que ya ni la atención llaman. Y una y otra y otra vez han tenido que arder para que poco a poco se empiece a hablar públicamente y vaya calando la idea de que Galicia no "arde", sino que "la queman". Y ni siquiera la quema "el PP", como más de uno y de mil se prestaron encantados a difundir, para llevar el agua a su molino, sino que la queman los gallegos*. ¿Y por qué la queman? Esta recopilación de motivos, aunque elaborada incluso antes de la oleada de incendios de 2006, no ha perdido un ápice de vigencia. Y de la mano del mismo autor nos llega la solución al fuego. Una solución, vaya, pero una que yo firmaría mañana mismo: si Galicia la quemamos nosotros, que paguemos lo que cuesta apagar el fuego nosotros también. Y ¡ay, amigo, cómo iban a cambiar las tornas...!

*Que los mismos gallegos que queman Galicia sean los que mantienen al PP en el poder es otra cuestión...

domingo, 5 de noviembre de 2017

La Tierra Prometida (del moderneo)

 Es extraño cómo la carrera investigadora, y esto de irse de postdoc a donde el viento da la vuelta, va juntando gente que de entrada uno diría que no tiene mucho que ver (con razón, vaya): Duygu, la turca de la imagen de ayer, es traductora, e investigadora también, compañera de despacho de Carmen. Carmen no está estos días, pero el que sí ha llegado a empezar aquí un año de postdoc es Bastian, un alemán (y lingüista, e investigador) que habla bastante español. Pues Bastian, Duygu, Joaquín y yo hemos echado hoy la mañana en el Café Mizva, un lugar de lo más peculiar donde la comunidad postdoctoral viene de vez en cuando a echar el rato, trabajando o haciendo que trabajan. No he sacado fotos del sitio, pero mirad las de su web, y podréis haceros una idea de cómo es: un sitio medio granja, medio casa de huéspedes fuera de la ciudad, con todo lo que un hipster de libro podría desear: estética rural-destartalada, espacios con wifi para trabajar, mercadillos de libros y ropa de segunda mano, huerta y buffet de brunch de productos cultivados allí mismo, bar de zumos... y a mayores, lo que no sale en la web: que el lugar, abierto de domingo a viernes, es gestionado por una familia de conversos al Judaísmo, y está lleno todo él de motivos religiosos y de carteles con citas del Antiguo Testamento. Y su huerto de olivos y granados, con estanques y pavos reales, intentando hacer un remedo del Edén... No s que me haya enamorado el sitio, pero ha estado curioso, la verdad.

Aparte de brunchear y de jugar un poco al Cranium (se me olvidaba en la lista de "cosas modernas": la estantería de juegos de mesa), pude darle un poco al bicherío por el jardín. Y os hice solo esta foto con el móvil, de un nido de golondrina cabecirrufa ocupado por na pareja de vencejos cafres (os explicaba eso hace poco, ¿os acordáis?), cosa que se sabe porque los vencejos forran el nido por dentro con plumas, que asoman por el túnel de entrada, ¿lo veis? Además hubo un bimbo pajaril muy fácil y espectacular, el obispo rojo Euplectes orix, una especie de tejedor de la que hasta ahora solo había visto los nidos; y uno que nos hizo casi más ilusión que este pajarillo rojo y negro, pues por fin vimos Joaquín y yo nuestras primeras ranas: ranas de uñas Xenopus laevis, encantadoramente feas, con la pinta que tienen de sapos atropellados. Aunque Bloemfontein no se prodigue precisamente en masas de agua, la verdad ya nos iba faltando sumar algún anfibio sudafricano... a ver si son estas las primeras de muchos.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Con la panza por el suelo (PNM, y IX)

Vamos a ir dando carpetazo a la carpeta de fotos de Mokala, que trascurridas cuatro semanas del viaje ya va tocando... A pesar de las limitaciones que impone el no poder salir del coche más que en los campamentos y en un par de sitios más, poco a poco, incluso desde la ventanilla, fuimos sumando también distintas especies de reptiles. Las que más a menudo nos hacían pisar el pedal del freno eran los agamas. Los Agamidae son una de las familias de lagartos más diversas de las regiones tropicales del Viejo Mundo. Tenemos solo una especie en el sureste europeo, pero son muchas más en África, donde me había tachado al agama de Bribon Agama impalearis al ir a Marruecos al acabar la carrera, hace ya diez años... y desde entonces, hasta que vimos este pequeñajo de la foto, tan bien camuflado. ¿De qué especie? A saber... que en Sudáfrica hay muchas, y el libro de reptiles que tengo apenas sirve para distinguir especies...

... así que tuve que contentarme con distinguir un par de especies al ver los machos en celo. Esta, Agama aculeata, era la más frecuente. Nos cruzábamos con los machos color arena, con la garganta más o menos coloreada de azul, un poco por todas partes; y muchas veces a la gresca entre ellos. Peleas que normalmente no pasaban de unas cuantas amenazas, agitando la cabeza arriba y abajo...

... pero a estos nos los encontramos enzarzados en medio de la carretera, sangrando y sin que les importase lo más mínimo que hubiésemos estado a punto de atropellarlos... lo que ciega la ira.

Vimos bastantes menos Agama atra, mucho más coloreados, con el tercio anterior azulado, el resto del cuerpo medio violeta, medio marrón, y la cola naranja; y más pacíficos también, no sé si porque ya habían terminado su época de celo o si porque no la habían empezado aún.

Muchos de los agamas que vimos tenían además bastantes garrapatas, los pobres. Y les faltaba también la punta de la cola, que a estos bichos no se les regenera, supongo que a resultas de peleas como las de la foto de arriba.

¡Qué cansado y esforzado es, esto de la reproducción! A las tortugas leopardo Stigmochelys pardalis nos las encontramos también dándole al tema, de una forma de lo más torpe y poco digna... Estas dos junto con otras, todas de buen tamaño, se paseaban por el jardín del principal campamento del parque, imagino que llevadas allí por alguien; pero también nos las encontramos salvajes aquí y allá.

Una foto mala, pero es que el bicho me hizo mucha ilusión, por tacharme especie y familia: es un Karusasaurus polyzonus, un tipo de cordílido, unos lagartos propios del este y el sur de África de aspecto más o menos acorazado, como podréis apreciar en esta foto mucho mejor de otro individuo de la misma especie. Hay cordílidos que llevan lo de la coraza al extremo, como los lagartos armadillo Ouroborus cataphractus, y otros que acaban desarrollando un aspecto de lo más imponente, como los del género Smaug. Un nombre de los más tolkieniano muy adecuado para unos bichos que viven aquí en el Free State...

Más bichos: camuflado contra la corteza, encontramos un escinco arbóreo del Kalahari Trachylepis spilogaster, una especie más que meto a la saca (y ya van cuatro) de este género mucho más diverso en especies que en variabilidad morfológica, con lo que cuesta bastante distinguirlas. Estos escincos forman parte de los ocupantes de los nidos coloniales del tejedor republicano que os mostraba en la entrada anterior sobre Mokala, a pesar de que sus convecinos los halcones pigmeos suelen dar buena cuenta de ellos.

 Y ya que hablamos de vecinos, cierro la lista de herpetos con una foto de nuestros vecinos de bungalow, unos gecos Chondrodactylus bribonii de buen tamaño y muy bonitos que salían por la noche de entre el ramaje del techo a dar buena cuenta de los bichos que acudían atraídos por la luz de las bombillas, tanto fuera como dentro del alojamiento.

Más animales panza a tierra: Joaquín, en este caso, retratando una tortuga con menos ganas de jarana que las de la foto de arriba.

Aunque tuviese yo la idea de montar este viajecillo, a Joaquín le debo que se dejase liar para acabar sacando el plan adelante. Y a Duygu (postdoc turca de Traducción) y a Juan (murciano de estancia predoctoral) que completasen cupo y pusiesen un montón de interés  entusiasmo en todo lo que vimos e hicimos. Y les debéis vosotros estas entradas, así que ya estáis dándoles las gracias...

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Nuevo mes, nuevo número...

Vuelvo a hablar de animales, aunque aún no de Mokala. O, mejor dicho, hablo de ellos en mi artículo de noviembre de EMNMM. Es curioso, hasta ahora no había caído en la cuenta de que el mes de los muertos es también el de las matanzas... Mal se iba a aguantar la carne de cerdo ahora en cualquier caso, con estos calores (ya no) tan impropios de la estación...


martes, 31 de octubre de 2017

De laico a obispo del tirón...

 Hagamos una pausa en las entradas sobre Mokala, que no todo van a ser bichos en este blog... Entre las tareas que me ocupan estos días, está la de solicitar que se me acredite como investigador por parte de la agencia de investigación sudafricana (National Research Foundation). Más allá de lo que pueda presumir de ser un investigador acreditado de categoría 'X', lo interesante era que estas acreditaciones venían con premio (al contrario que en España las de la ANECA, que lo único que te dan son dolores de cabeza): durante los cinco años que dura la evaluación (luego caduca y hay que renovarla, otra diferencia con la ANECA), la NRF te da una cierta cantidad de dinero para investigar, según la categoría alcanzada. Y como en mi grupo andamos faltos de liquidez, pues mejor contar con dos investigadores acreditados, y no solo mi jefe. Pero sucede que parece que los criterios para acreditarse son un tanto laxos, y al olor de ese dinerillo son legión los 'investigadores' que piden acreditarse. Eso ha llevado a que de repente (de repente por falta de previsión, claro) la NRF se haya quedado sin fondos para estos complementos, de modo que justo este año han decidido suprimirlos... qué puntería tenemos. Pero bueno, yo la pido igualmente, no sea que acaben consiguiendo dinero otra vez.

Y al empezar a registrarme en el sistema, me he encontrado con mi viejo amigo el menú desplegable, y sus múltiples opciones de lo más peregrinas:

Me ha tentado la idea de inscribirme como Lord, y a ver cuánto tardaban en hacerme preguntas... Nah, ya en serio, este menú es un reflejo bastante curioso de la importancia que le dan aquí a los títulos, que vi ya casi desde el principio, cuando al ir a abrir una cuenta, al darse cuenta en el banco de que era un Dr., todo fueron gentilezas y miramientos (que no se tradujeron en más eficiencia, por otra parte...), o al ver que aquí los alumnos se dirigen siempre al profesor correspondiente con el título que toque, porque a su vez el profesor se pica si no se le llama como se le tiene que llamar... Eso por una parte; por la otra, me fastidia lo que comenté en la otra entrada: que a base de dar opciones uno acaba dejándose siempre cosas fuera. ¿Qué pasa si quiero poner Ingeniero, como se estila tanto en América? ¿Y cómo es que llego a ser Bishop sin ser antes Reverendo, o Pastor, o Ministro o algo más? Con lo fácil que sería dejar sin más un espacio a rellenar. Tiene que haber aquí detrás algún detalle sociológico guapo que no sé verbalizar...

lunes, 30 de octubre de 2017

Nidos y sus ocupantes (PNM, VIII)

 Un nido de algún tipo de termitas; no de las que cultivan hongos y a las que dediqué mis primeros esfuerzos investigadores en este país, que construyen nidos mucho mayores, sino de las que "simplemente" acumulan materia vegetal para alimentarse durante la estación seca. Entre unas y otras consumen en todo caso prácticamente tanta materia vegetal como los mamíferos herbívoros, si no más. Las de este nido, sin embargo, no acumularán ya nada más, pues como resulta evidente el nido está roto, despanzurrado lo más seguro por algún cerdo hormiguero durante una incursión nocturna, pues aunque no llegásemos a verlos según parece abundan mucho en Mokala. Normal, pues la verdad es que termiteros de estos con pinta de pequeños iglús se veían por doquier, allá donde uno mirase; comida no les falta pues ni a los oricteropos ni a los otros animales locales que se alimentan principalmente de termitas: el zorro orejudo que ya os enseñé en otra entrada y el proteles, una especie de hiena enana que me muero de ganas por ver.

Pero a mayores de los de termitas, eran los nidos de ave un elemento constante del paisaje de Mokala. Me volví en concreto muy contento del parque tras tacharme tres especies nuevas de tejedores, las tres casi exclusivas del sur de África, y las tres con curiosas costumbres reproductivas. Del tejedor-gorrión cejiblanco Plocepasser mahali en sí no tengo fotos, pero sí de sus colonias. Este bicho, de colores discretos, pero muy atractivo, forma grupos compuestos, como las manadas de lobos, de una pareja dominante, la única que se reproduce, y varios individuos subordinados, que colaboran en la crianza de los pollos de la primera. El grupo construye varios nidos, como masas de paja, colgando de las ramas de uno o varios árboles, en la cara contraria a la expuesta a los vientos dominantes. Los nidos empleados para criar tienen una única entrada, pero a mayores cada ave cuenta con un nido donde duerme a diario, y estos tienen dos accesos.

El diminuto tejedorcito escamoso Sporopipes squamifrons era una de las aves más abundantes del Parque, y sus nidos se veían por todas partes, en general a muy baja altura, a menos de un metro sobre el suelo. Son unas masas de aspecto desordenado, construidos con las briznas de hierba más finas, de modo que tienen un aspecto de lo más frágil y vaporoso. Muchas veces estos pájaros se limitan a añadir un techo de paja al nido abandonado de alguna otra especie de ave.

El nombre de "escamoso" le viene del aspecto de las plumas de la frente y de las alas: negras y bordeadas de blanco, que efectivamente le dan un aspecto de pescado. Junto con el pico rosa, los bigotes negros y el pequeño tamaño del bicho, hacen que sea muy fácil identificarlo.

Y pasamos de uno de los nidos de tejedores más endebles que hay, al que sin duda es el más masivo de todos; aunque en realidad el mérito le viene por ser un trabajo hecho en equipo: el tejedor republicano Philetairus socius construye nidos enormes, no my distintos de los de las cotorras argentinas, aunque mayores, y que albergan decenas de parejas, cada una con su pequeña cámara. Las aves, que utilizan el nido también como lugar de reposo a lo largo de todo el año, llegan a acumular varios metros cúbicos de ramas en la copa de los árboles, llegando en ocasiones a desgajarlos.

Este es el tejedor republicano, que veis en una foto tomada desde arriba, de un bicho que buscaba entre nuestros pies las migas que se nos caían al comer. También de aspecto muy "escamoso", pero bien distinto del de la especie anterior, y es además un pájaro mucho más robusto. Me hizo particular ilusión ver este bicho porque cerca de Mokala, en Kimberly, miembros de mi antiguo grupo de investigación en Dijon trabajan a menudo con estas aves, realizando multitud de estudios de fisiología y costes de reproducción en especies de vida social.

Tan sociables son estos tejedores,  que sus nidos a menudo acogen multitud de parejas de otras especies: cigüeñas y grandes rapaces pueden utilizarlos como base sobre la que construir sus propios grandes nidos, y ocupando las cámaras vacías del mismo pueden encontrarse multitud de especies que anidan en cavidades, como diversos estríldidos, inseparables, carboneros... Algunos incluso, como el diminuto halconcito africano Polihierax semitorquatus, apenas mayor que un gorrión, utilizan los nidos del tejedor de forma casi obligada.

Acabo ya con un último nido, uno de golondrina cabecirrufa Cecropis cucullata, del que se sirven para criar los vencejos cafres Apus caffer en estas latitudes casi en exclusiva, si bien en otras latitudes ocupan los nidos de otras especies de golondrina. Me hizo gracia este nido porque se ve que, tras caerse el túnel de entrada que estaba mirando hacia un lado, la pareja de golondrinas decidió construirlo mirando hacia otro. Siempre está uno a tiempo de hacer reformas en casa...

sábado, 28 de octubre de 2017

Calmando la sed (PNM, VII)

Posada dentro del propio observatorio, esta lavandera de El Cabo Motacilla capensis tan desenfocada no nos perdía ojo...

 ... y como quiera que no se quedó satisfecha mirando nuestros cogotes, dio un rodeo para terminar posándose delante y vernos de frente, dejando a su espalda mi principal fuente de interés en nuestra visita a Mokala: la que surtía de agua al abrevadero del que empecé a hablar en mi entrada de ayer.

 El magro chorro de agua atraía como un imán a multitud de avecillas que preferían beber y bañarse allí junto a la surgencia, imagino que buscando el agua más clara. Estos puntos donde, forzadas por la necesidad, las aves abandonan su cobijo entre la vegetación para acudir a beber los días de calor, son una mina para observadores y fotógrafos: una forma muy cómoda de ver especies de las que cuesta un montón tener observaciones decentes de otra manera, como este bonito macho de estrilda melba Pytilia melba.

 Un par de anteojitos del Orange Zosterops pallidus y otro de amarantas senegalesas Lagonosticta senegala, que aparecen dando la espalda, las muy maleducadas. Los primeros los veo casi cada día en Bloemfontein, y son de mis aves preferidas: muy bonitos, con su pinta de mosquiteros cabezones y maquillados, muy activos y a la vez muy confiados. Y su canto además me recuerda mucho al de las currucas capirotadas: un punto más a su favor, a pesar de que de entrada siempre me hagan dudar y arquear una ceja. Las amarantas solían verse con relativa frecuencia en las pajarerías en España antes de que la UE prohibiese la importación de aves silvestres, y alguna población introducida hay por Europa adelante.

 El tirón del bebedero atrae muchas aves de muchas especies, y en ocasiones a muchas de una, como es el caso de los queleas comunes Quelea quelea, una especie de tejedor fuertemente social que todo lo hace en grupo. Aunque el pico rojo ayuda a identificarlos con facilidad, todavía no me he quitado las ganas de ver los machos de esta especie en plumaje nupcial, cuando cogen mucho más colorido: son polimórficos, y todas las variantes me parecen bastante atractivas.

 Un azulito angoleño Uraeginthus angolensis y otra amaranta macho, ahora sí, dando la cara; aunque está a medio mudar al plumaje de cría y todavía no luce sus mejores galas.

 Y ya esta solitaria tortolita colilarga Oena capensis, macho, como la que os enseñé hace un par de entradas, nos sirve para enlazar con otras dos palomas...

... presentes en una foto de grupo. Dos tórtolas senegalesas Spilopelia senegalensis, acompañadas de más azulitos, amarantas, queleas y un precioso granadero meridional Granatina granatina. El flujo de aves bajando a beber era casi continuo, y de lo más variado; me habría quedado allí todo el fin de semana. Pena que mis compañeros de viaje no compartiesen mis ganas...