martes, 30 de octubre de 2018

"Cinco derechos fundamentales..."

 En apenas un par de semanas, por diversos motivos he tenido que desplazarme un par de veces hasta un lugar que para mí se había vuelto prácticamente mítico: Pitis. El lugar popularizado por Ramón (aka el Vanidoso), donde los metros no solían atreverse a llegar y donde tampoco paraban los Cercanías, si hacemos caso a la canción de UPEMA:

 Pero ¡oh, Fortuna!, ¡qué decepción! Pues de poblado chabolista, Pitis ha pasado a ser un barrio gentrificado más: todo edificios de novísima planta donde, según se comenta, los pisos se venden por cifras bastante abultadas.

Y los pocos descampados que quedan, momentáneamente en manos de las olivardas, pronto pasarán a manos de felices parejas con la parejita, labrador y SUV. Ea, un mito más que se me cae...

Por lo demás, mañana UPEMA toca en la sala Galileo. E iría encantado, para aprovechar las ventajas que tiene estar de vuelta en Madrid, si no fuese porque estaré de vuelta en Orense, cerca de los cementerios y no lo suficientemente lejos de los halloweenes. Nos vemos pues por el norte.

domingo, 28 de octubre de 2018

Junto al río de áureas arenas

 No pintaba muy bien la previsión meteorológica ayer, ni en el entorno de Madrid ni en general en la Península. Pero tras pasar una semana en la ciudad, apetece siempre el fin de semana salir algo al campo, y fui ayer con Raquel y dos amigos suyos a explorar la zona en torno a La Puebla de Montalbán, a orillas del Tajo toledano.

 "Explorar" es decir tal vez demasiado, pues empezamos la jornada en un lugar que, al menos yo, tengo ya bastante visto: "Las Barrancas", en el embalse de Castrejón. Pero "bastante visto" no quiere decir que me aburra ni mucho menos, pues los días de tormentas y claros como el de ayer hacen que los juegos de luces sobre los cortados arcillosos resulten muy atractivos.

 El objetivo real del viaje, en todo caso, era más cultural que naturalístico: teníamos reservada una visita guiada a las ruinas de la fortaleza de Montalbán, que finalmente tuvo lugar a pesar de cancelaciones y bailes de hora de ultimísima hora debidos a las tormentas. Ya metidos en harina con el guía, reventó un aguacero que no me dejó hacer apenas fotografías de la visita hasta que ya a última hora se despejaron las nubes. No pasa nada: para ver muchas más imágenes de la fortaleza y conocer más sobre su historia, podéis ver por ejemplo esta bien documentada página. Un único comentario, concertar visitas guiadas (7€/persona, whatsapp al 627562921) es ahora obligatorio, pues toda la finca donde se encuentran las ruinas está ahora vallada.

 Nos acercamos también a la cercana ermita de Santa María de Melque (ver también en el enlace anterior), visigótica en origen y anterior a la propia fortaleza, aunque sus historias posteriores se entrelazan a lo largo de los siglos. Recorrimos la zona (visita libre) ya a última hora, y cuando al emprender el camino de vuelta quisimos para de nuevo en Las Barrancas a ver búhos reales ya la luz no se prestaba a ver nada, aunque sí los escuchamos cantar.

Colchicum montanum. Más, hace un año
 Pero aunque no viésemos búhos, el día estuvo muy bien en lo que a campo se refiere también. Al igual que el sábado anterior, escuchábamos de vez en cuando los trompeteos de las grullas, viniendo no se sabe muy bien de dónde en el cielo opaco. Las vimos también, comiendo en los sembrados, junto a avefrías, densas bandadas de estorninos y un inesperado grupo de combatientes, en medio del campo en vez de en el agua.

¿La mejor observación? Ver lejos del abrigo de la vegetación (que es lo raro) un par de rascones europeos Rallus aquaticus, justo aguas abajo del embalse, en un tramo del Tajo de aguas someras, lleno de espadañas, donde se podían ver además a la vez gallinetas, fochas y calamones: toda una introducción a los rállidos ibéricos de un solo vistazo. A ver qué nos espera ahí fuera la próxima vez que salgamos...

viernes, 26 de octubre de 2018

Sauquillos de Velilla

Así como las lagunas de Rivas-Vaciamadrid las he recorrido con frecuencia, a las de Velilla de San Antonio, algo más al norte y situadas también bajo los mismos cortados de El Piul, tallados por el cambiante curso del Jarama, creo que solo había venido un par de veces; supongo que porque son menos accesibles desde la A-3 o en transporte público. Y volví ayer, a darme una vuelta con Sofía y con Éider, la culpable de que mi antigua compañera de tesis esté de gozosa baja por maternidad por segunda vez.

 El sendero "oficial" que va recorriendo las lagunas en realidad se acerca más bien poco a las mismas, y ver la lámina de agua resulta todavía más complicado debido al desarrollo de la vegetación de ribera. Así que la senda, donde de hecho se ve con más frecuencia el río (en la foto) que las lagunas, más que para ver aves acuáticas, está bastante bien para ver la fauna y flora de los sotos, y nos entretuvimos viendo pequeñas aves de todo pelo, que ahora en invierno tienden a mezclarse en bandos mixtos, de granívoras que comen en los baldíos por un lado, y de insectívoras que se mueven a lo largo del follaje buscando bichillos por otro.

Pareja de porrón europeo Aythya ferina
 Acuáticas también vimos, aunque pocas, y mayormente en el Jarama. No estoy muy puesto en la ecología de este sitio y en cómo pueda estar variando, pero creo recordar que en mis primeros años en Madrid había en las lagunas grandes, como por otra parte sigue habiendo en por ejemplo la del Soto de Las Juntas, más aves, más variadas y a lo largo de todo el año; no solo grupos de gaviotas que vienen a dormir en invierno. No sé si es que están más contaminadas, o si las carpas al remover el fondo las han dejado sin vegetación, o qué...

Pero bueno, en cualquier caso, como os digo la parte de naturaleza "terrestre" resultó de lo mas entretenida, a pesar de las muchas plantas exóticas que medran por aquí. Y nos hizo bastante ilusión ver, en un recodo del camino, una mata de plantas con la que tuvimos una cierta vinculación emocional: se cumplieron este mes ¡diez años, ya! desde que, al principio de nuestras respectivas tesis, hicimos un pequeño proyecto que implicó capturar currucas en las masas de yezgos, o sauquillos Sambucus ebulus de este Parque. Hay que ver, "¡cómo se pasa la vida...!"

domingo, 21 de octubre de 2018

"Por sus frutos... etc"

Si bien las grullas fueron las aves migratorias que ayer más se hicieron notar, no fueron ni mucho menos las únicas. Pasaban de vez en cuando bandadas de zorzales charlos, y entre los arbustos rebullían muchas currucas, mezclándose las (seguramente) foráneas capirotadas con las (seguramente) residentes cabecinegras. El monte mediterráneo se llena en otoño de aves frugívoras que, como ya he comentado otras veces, encuentran un menú donde saciarse de lo más variado:

 Una sabina mora Juniperus phoenicea, de hojas transformadas en minúsculas escamitas,"a lo ciprés", y arcéstidas color ocre vivo...

 Similar color tienen las arcéstidas de otro junípero, el enebro de la miera J. oxycedrus, pero sus hojas alargadas y puntigudas no dan pie a confusión posible. Recordaréis que los juníperos fueron protagonistas de un artículo de EMNMM...

 ... y similar honor compartieron en fechas más recientes los rosales silvestres (aquí sus frutos, los escaramujos) con el espino albar.

 Esta otra especie ya la habréis visto menos por aquí: es una mata, cargada de bayas, de jazmín silvestre Jasminum fruticans, la única especie nativa de nuestro país; un arbusto no trepador y de flores amarillas, bastante distinto del jazmín de jardín más conocido, trepador y de flores blancas y fragantes.

 Las madreselvas (Lonicera spp.) son otro género de plantas que agrupa especies trepadoras y especies arbustivas, y varias de ambos grupos aparecen repartidas por el territorio peninsular. Estos frutitos corresponden a una L. implexa.

 Dejando por un momento los frutos carnosos, vuelvo a reafirmarme en lo que dije en la entrada de El Pardo: me da la impresión de que este año todos los robles están muy cargados de bellotas, como ejemplificaban a la perfección las abundantes matas de coscoja Quercus coccifera de la zona. Contentas estarán las grullas, que son precisamente bellotas lo que vienen a buscar aquí.

 Y este otro fruto tan raro ya sabéis que no lo es: son las agallas alargadas (causadas por un pulgón, no por una mosca o avispa; hasta hoy no me había dado por mirar de dónde salían) que dan nombre a la cornicabra Pistacia terebinthus.

 Estos son sus frutos de verdad. más bayas de estas que encantan a las avecillas. El terebinto, del que se extraía en tiempos trementina, al igual que de los pinos, es una de las varias especies usadas tradicionalmente en curtidurías.

 Y el zumaque Rhus coriaria, otra anacardiácea como la cornicabra, y que como ella se enciende en bermellón en otoño, fue introducida en nuestro país desde el este del Mediterráneo en épocas pretéritas con el mismo fin. Había muchos zumaques ayer, destacando sobremanera entre los otros arbustos cargados de frutos de esta porcioncilla del sistema Ibérico.

Y destacando entre los zumaques estaba Raquel, a la que debo agradecer que propusiese el destino de ayer, que me hiciese de chófer y, sobre todo, que me aguante, que bastante condena es...

sábado, 20 de octubre de 2018

Como la cosa estaba mal...

Y no me refiero a que la cosa estuviese mal en lo que a mí respecta, no: simplemente a que la predicción meteorológica para este sábado pintaba bastante mal en el entorno de Madrid. Pero como Raquel y yo teníamos bastantes ganas de salir al campo, fuimos buscando posibles destinos hasta dar con aquel que nos pareció menos malo; y haciendo buena la antigua cancioncilla, este resultó ser Sacedón.

 En realidad en el pueblo en sí no echamos más tiempo del que nos llevó comer bastante bien; pasamos la mayor parte del día dando vueltas por distintos miradores y senderos cercanos al embalse de Entrepeñas, que junto con el cercano de Buendía y otros embalses menores le han valido a esta zona de La Alcarria Baja el nada pretencioso nombre de "Mar de Castilla".

 Echamos el rato visitando los distintos lugares indicados en esta página que había encontrado Raquel, donde un lugareño tan atinado como llorón iba recomendando las mejores vistas, y quejándose de que nada estaba ya como cuando él era pequeño. La zona de la "boca del infierno" (otro nombre en absoluto exagerado) es de las que más nos gustó: eran dos escarpes rocosos que flanqueaban el antiguo camino y arroyo que, antes de que el embalse anegase todo, bajaban de Sacedón al Tajo.

 Indicando que vigilar aquel paso debió merecer la pena, estaba este pequeño puesto de sacos terreros de cuando la guerra, que resistió en situación incluso estando sumergido, y que queda de nuevo ahora a la vista al estar algo bajo el nivel del embalse. El "bajo" nivel del embale (a mí la verdad no me lo pareció tanto) es motivo de fuertes críticas en esta zona, y estaba Sacedón lleno de carteles (¡incluso en inglés!) oponiéndose al trasvase Tajo-Segura.

 Desviándonos un poco de la orilla de Entrepeñas, visitamos antes de comer los restos, en ruinas, pero tampoco tanto, del la antigua abadía cisterciense de Monsalud, en Córcoles, recientemente restaurado.

 Por suerte,del supuesto "museo sobre la brujería" de que habla la entrada de la Wikipedia no había ni rastro; el monasterio se las bastaba muy bien él solito para hacer que visitarlo mereciese mucho la pena. Muy importante el detalle de colocar extintores en un edificio todo de piedra, ojo...

 Ya por la tarde, visitamos un par de miradores en la margen derecha del embalse. Desde el situado sobre el pueblo de Alocén, los cambios repentinos de luz según pasasen nubes más o menos tormentosas hacían que el paisaje cambiase casi a cada rato. Como si de los focos de un escenario se tratasen, los claros entre las nubes y los arcoíris fugaces iban iluminando distintos elementos del paisaje: ya las horrorosas urbanizaciones y clubes de vela de la orilla opuesta, ya el viaducto de Entrepeñas, las torres de la central de Trillo o las "Tetas de Viana"...

 Y una última parada en la ermita del Madroñar, donde se establecieran los monjes recién llegados de Francia antes de mudarse a Monsalud, antes de volver a Madrid. No pudimos verla por dentro, que estaba cerrada, y solo pudimos seguir disfrutando de los cambios constantes de luz, que no fue cosa menor.

Y en la quietud de una tarde en la que casi no nos cruzamos con nadie, el viento nos traía con frecuencia, nítidos, los trompeteos de las grullas comunes Grus grus, recién llegadas del norte y muy cerca ya de su destino. Ganas tengo ya de verlas en tierra...

viernes, 19 de octubre de 2018

Reclinatorios

 Fui hoy hasta la facultad, de frente. Es ya mi tercera visita en estas dos semanas, pero las veces anteriores había ido de tapadillo, a ver a gente concreta, y hoy me armé de valor y subí a la planta 9 a saludar a todos. Decir lo de "armarse de valor" suena un poco ridículo; y además es mentira, pues miedo no tenía, pero sí una sensación rara e incómoda, un "¿y qué me va a decir la gente? ¿Y qué les voy a contar?" Una tontería, vaya, pues me recibieron muy bien. Y comprobé además con agrado y alivio que habían cambiado las destartaladas ventanas por otras que, pasmaos, cerraban; eso que me ahorro cuando me toque la lotería... Me di una vuelta muy agradable y muy pausada por el Botánico, comprobando con agrado que de los frutos del membrillero apenas sí quedaba el corazón, todo roído; y que los picogordos, siempre preciosos, siguen bajando en invierno del arboreto de Montes a comer al jardín. Cavilando, cavilando, me di cuenta de que los de A están este año en su último curso (ojalá que todos), y me sentí un poquito viejo...

Fui a la facultad de todas maneras "de rebote", porque lo que en realidad me llevó hasta Ciudad Universitaria fue recoger en Investigación unos certificados que había solicitado, que tenían que estar la semana pasada y que no estaban aún. Investigación ya no está en el Rectorado, sino en un pasillo lúgubre de la trasera de la Facultad de Medicina (aunque las oficinas en sí sí están renovadas).


Un pasillo cuyos bancos de madera para sentarse me llamaron un poco la atención por lo familiar, y cuya identidad quedó meridianamente clara cuando, a mayores de los bancos, vi ¡un reclinatorio! a juego... ahí, ahí podrían arrodillarse a hacer examen de conciencia más de uno y de dos de nuestros responsables de investigación, presentes y pasados.

jueves, 18 de octubre de 2018

Sin red

 Y no es que no esté actualizando esto mucho por no tener conexión, no; es más bien porque no tengo gran cosa que contar, en estos días de verme desde fuera, intentando ver a dónde quiero ir. Ojo: estoy muy contento de estar aquí, trascurridas ya dos semanas tras coger el avión de vuelta, y en absoluto arrepentido de la decisión. Pero eso es distinto de no saber ahora hacia dónde tirar... Este fin de semana pasado en Orense me encontré, para enorme sorpresa mía, con una cría de salamanquesa en el pasillo de casa; en el suelo, intentando correr sin conseguirlo porque le resbalaban los dedos en el parquet. La cogí y la dejé en el alféizar de la ventana abierta por la que supuse que habría entrado; y entonces sí, se echó a correr la muy tonta en vez de irse pared arriba, y en cuanto se le terminaron los 20 cm de alféizar bajó planeando en espiral los seis pisos hasta la calle, donde ya no me dieron los ojos para ver qué fue de ella. Pues sin red o sin paracaídas, así me siento un poco yo: como una cría de salamanquesa...

Y todo esto para introducir que sobre salamanquesas trata mi artículo en el número de octubre-noviembre (ahora será bimensual, que Ramón tiene muchas cosas de las que ocuparse el pobre) de EMNMM. Número que me ha parecido de lo más interesante; espero que a vosotros también.