jueves, 7 de junio de 2018

Botánico de Pretoria: aves

Empiezo esta entrada donde dejé la anterior: al borde del agua. Al borde del agua, donde crecen los carrizos. Carrizos donde no hago más que buscar, allá donde me acerco al agua, carriceros picofinos, que la guía pone que les gustan los estanques pequeños. Pero no hay manera: o me aparece la subespecie africana del carricero común, o prinias como esta prinia modesta Prinia subflava, que ayer la liaban a grito pelado en una de las charcas del jardín.

La relativa seguridad que ofrecen los carrizales, al estar dentro del agua, hace que los carrizos sean por lo demás uno de los tipos de vegetación preferidos por muchas especies de tejedores para anidar. Ayer me encontré con este obispo rojo Euplectes orix, tan hinchado, pasando frío como yo a primera hora de la mañana; nada que ver con cómo lucían hace medio año.

Donde anidan los tejedores no es difícil por lo demás encontrar las aves que no hacen ascos a ocupar sus nidos vacíos. Os hablé de que la estrilda cabecirroja suele hacer esto en mi última entrada sobre Mokala, y hoy os enseño un macho de la otra especie del género Amadina, de idéniticas costumbres: la estrilda degollada A. fasciata, que hasta no hace mucho era bien frecuente en las pajarerías españolas; primera especie nueva de la jornada además.

Entre los nidos de tejedor de varias especies que había en el jardín, localicé unos que no había visto antes, muy fáciles de identificar por lo distintos que son de todos los demás: de forma ovoide, con una abertura lateral grande sin túnel de entrada, y trenzados primorosamente con material muy fino...

... finura que casa mal con la herramienta descomunal de sus arquitectos, los tejedores picogordos Amblyospiza albifrons. En la foto veis una hembra (el macho es de color chocolate, con la frente blanca) de estos tejedores muy grandes, que partía huesos como de aceituna con una facilidad tal que miedo me daría tener que manipularlos para anillarlos. Me encontré con estos tejedores (segundo y último bimbo con alas del día) no junto a sus nidos, sino revolviendo entre la hojarasca junto a un grupo muy diverso de aves de aspecto y tamaño mirlescos.

Las más numerosas eran los tordinos de Jardine Turdoides jardineii. Los tordinos son aves muy sociables, que cuando no están buscando comida pasan el día haciéndose arrumacos o peleando unos con otros, según el humor del que estén.

En pandilla con los tejedores y los tordinos, pero como único miembro de su especie, estaba este bubú ferrugíneo Laniarius ferrugineus (el nombre es medio onomatopéyico); me lo había tachado ya en el viaje al Cabo Oriental, pero muy de refilón, así que tan contento. Se da un aire bastante a alcaudón; pertenece a una familia (los malaconótidos) propia del África tropical y hermana de los verdaderos alcaudones, pero de aves que en vez de posarse en perchas al descubierto a la espera de que pase alguna presa, las buscan hormigueando por entre la vegetación.

Y entre tanta ave "mirliforme", vamos con un mirlo de verdad: un zorzal del Karoo Turdus smithi, la misma especie que tenemos en Bloemfontein, que no todo iban a ser especialidades del norte del país. Aunque mañana aún caerá alguna que otra más...

miércoles, 6 de junio de 2018

Biólogo de bata, de bota y de nico

 Ya sabéis que he venido a Pretoria este mes básicamente para trabajar en el laboratorio... pero las cosas no salen siempre como uno las planea, y menos aquí en Sudáfrica. Resulta que, de un día para otro, le dijeron a Maliki (recordad, el hombre al que le he venido a enseñar) que una operación que tenía "para cuando se pudiese" iba a ser hoy mismo. Nada grave, vaya, pero se nos terminó la semana laboral. La del pipeteo, al menos, que yo en casa seguiré dándole a la tecla... Pero como quiera que estaba en una región distinta, y que había ganas de salir al campo, he terminado por ir hoy a dar una vuelta por el jardín botánico de Pretoria.

 Al botánico, no tanto por mi interés en la diversísima flora sudafricana (que un poco también) como por poder pajarear tranquilo, en un lugar vallado de acceso restringido. Sudáfrica no ha sido tan mala en términos de seguridad como me temía antes de venir, pero a uno acaban metiéndole el miedo en el cuerpo...

 Empiezo a ver patrones en los botánicos que visito en este país, distintos a los europeos: la parte de jardín-jardín (aunque sea con plantas más variadas de las de un jardín habitual) suele ser bastante reducida, y el protagonismo mayor se lo lleva la flora local. En el de Pretoria hay una sección con muchas especies de cicadas (estas plantas que, aunque recuerden a palmeras, son en realidad parientes de pinos y araucarias) que incluye sobre todo especies del género Encephalartos, muy diversificado en el país.

 Tenía también, que no falte, una buena colección de plantas suculentas, otro de los grupos estrella de la vegetación del África austral.

 Pero buena parte de la colinita que recorre el jardín de este a oeste estaba, básicamente, "a monte": los botánicos aquí son sobre todo islas de vegetación natural, aunque esta no sea especialmente llamativa. En este sentido, un botánico de Sudáfrica se parecería más al monte de El Pardo que al jardín anejo al Prado.

 Y cierro despidiéndome con el ambiente con el que abriré la siguiente entrada: el agua. Hay apenas unos estanquitos pequeños en el jardín, y una cascada artificial, pero es suficiente como para que aparezcan también bichos de estos ambientes, ya sean gallinetas (iguales que las españolas), gansos del Nilo...

Una hembra, los machos tienen la mitad superior de cabeza y cuello negra
... o una anhinga africana Anhinga rufa, especie que me taché al poco de venir al país pero que no había salido aún en el blog. Las cuatro especies de anhinga, o "patos aguja", son el grupo hermano de los cormoranes: se les parecen en casi todo, hábitos incluidos, pero su pico largo, en vez de terminar en gancho para sujetar los peces, se agudiza para servir como arpón. Ea, ya va el primer pájaro; en la próxima, más.

martes, 5 de junio de 2018

24 horas (y algo más) en Pretoria

Trascurrió con normalidad ayer por la mañana el viaje entre una capital y otra. El minibús lleno de viejos afrikáners (los usuarios habituales de esta empresa) que de modo espontáneo rezaron juntos antes de arrancar, fue ascendiendo el leve desnivel de la meseta central sudafricana hasta llegar a Johannesburgo, para después descender en apenas 50 Km los mismos metros que le había llevado 400 alcanzar. Primera diferencia con Bloemfontein: Pretoria, como Vigo, tiene cuestas. Se desparrama alargada en sentido este-oeste por una serie de ondulaciones del Magaliesberg, la cordillera que sirve de escalón en esta zona entre el High- y el LowveldNada mas llegar, Maliki fue a buscarme y me llevó de cabeza al centro de la ciudad (pues Pretoria es también una ciudad "de verdad", con un centro con edificios y calles con mucho tráfico) y al centro de trabajo: la escuela de Ciencias de la TUT, para hacerme una idea de cómo eran los laboratorios, y hacer tiempo hasta que pudiese ir a mi alojamiento durante este mes. La TUT es un centro de formación profesional, que al igual que en España tienen una consideración "menor", y si bien el sitio donde vamos a trabajar es suficiente, se nota un nivel de dejadez y abandono en las instalaciones bastante mayor que en la UFS. Al igual que en el centro en general, que de ser en tiempos imagino el motor de la villa, ha quedado ahora para los que no pueden pagarse un coche con el que permitirse vivir en una de las casas de los barrios altos; altos de estándar, y altos también físicamente, encaramados a las colinas. Y asomado a la ventana veo alla abajo, bastante cerca, pero con un muro invisible perfectamente visible a un lado y a otro de una calle, el hormiguear de los coches que salen del centro. Miro, y rumio.

domingo, 3 de junio de 2018

Por si se os había olvidado...

... os recuerdo que mañana me voy a Pretoria, todo este mes de junio, a seguir haciendo allí análisis de laboratorio. Me hizo bastante ilusión en su momento, por lo de ver una nueva ciudad que tiene pinta de serlo, más que Bloemfontein al menos; y me da mucha pereza ahora, esto de "irme de estancia" un mes cuando ya me quedan menos de dos en Sudáfrica. Irme de estancia con lo que supone de asentarme en casa nueva y lugar de trabajo nuevo, nuevos compañeros y nuevas rutinas y manías locales a las que amoldarme (que cuando a laboratorios se refiere suelen ser muchas). Espero compensarlo con el calor al menos, que Pretoria está a la misma altitud que Bloem (~1.300 m snm.) y 4º más al norte, por lo que según veo en el parte la temperatura suele estar 5ºC por encima de la de aquí. Y con los bichos nuevos que vea, siquiera entre las aves comunes de jardín. Espero en definitiva tener cosas que contaros, para que no os aburráis. Que será sinónimo de que yo no me aburro tampoco...

jueves, 31 de mayo de 2018

Ciervamente

Casualidad o no, justo mientras ayer os hablaba de una investigación desarrollada en la Estación Biológica de Doñana, salió la resolución de las Juan de la Cierva (un mes antes que el año pasado; se agradece que no lo tengan a uno en vilo, la verdad), denegándome por cuarta y última vez la oportunidad de incorporarme a dicho centro. Digo "por última" porque este año cumplo en septiembre cinco tras la defensa de la tesis, y ese es el límite que las becas postdoctorales con plazo más flexibles suelen marcar como límite, esta incluida... a Dios gracias, las hay sin plazos. Y más cosas he pedido ya; una en concreto que debería resolverse también en breve, y que si pita bien me llevará a tacharme un continente nuevo. Cuando toque ya lo contaré... y entremedias, siempre nos quedará el humor.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La cotorra y el murciélago

 Como en buena parte de las mañanas (aunque hoy, como novedad, con helada por vez primera este año), me acompaña de camino a la facultad la cháchara de los minás comunes Acridotheres tristis, una especie india que los británicos introdujeron en buena parte de su imperio, como supuesta panacea contra las plagas de langostas que al final no lo fue tanto.

Un miná. Foto de aquí
 Los minás son así de las aves más introducidas a lo largo y ancho del mundo, y por ello son protagonistas de buena parte de la literatura científica sobre los efetos de las especies invasoras en los ecosistemas locales. El libro que estoy leyendo ahora habla por ejemplo de cómo, al erradicar los minás de algunas de las islas de Seychelles, las pequeñas especies de aves locales, cuyos nidos eran depredados por estos estorninos, pudieron prosperar de nuevo. Sin embargo, una revisión reciente quita bastante hierro a los problemas producidos por las aves invasoras sobre los ecosistemas a lo largo y ancho del mundo: salvo en ecosistemas muy cerrados y particulares (como las islas), las aves invasoras no parecen haber causado mayores problemas...
Esta revisión no miente, pero claro, se ciñe a lo publicado, a los datos que hay disponibles. Y aunque cada vez seamos más los que salimos al campo, en investigación ecológica la falta de datos básicos como censos, sobre todo a lo largo de series temporales largas, es el problema principal. Si no se hubiese dado la casualidad de que desde la EBD llevasen años investigando la colonia de nóctulos gigantes Nyctalus lasiopterus del parque de Mª Luisa, en Sevilla, nadie se habría dado cuenta del efecto que las cotorras de Kramer Psittacula krameri están teniendo sobre ellos. Son los murciélagos más grandes de Europa, y también de los más escasos; la colonia de cría de este parque, que alberga(ba) unas 500 hembras reproductoras en los huecos de sus árboles, es la mayor conocida. Las cotorras comenzaron a criar en Sevilla en los 90 a partir de ejemplares escapados de cautividad, y tras un periodo de latencia, la población pasó a crecer a buen ritmo, llegando a las 311 parejas el año pasado solo en ese parque. Cada pareja de cotorras ocupa un hueco en los árboles para anidar, y desgraciadamente les gustan el mismo tipo de huecos que a los murciélagos. Y siendo mayores y con un pico muy fuerte, las frágiles alas de los murciélagos llevan todas las de perder.

Imágenes del artículo
Los investigadores de la EBD acaban de publicar un trabajo documentando no solo las agresiones directas de las cotorras sobre los murciélagos, sino cómo la población de estos en el parque se ha desplomado, y los que quedan intentan ocupar árboles lo más lejanos de los nidos de cotorra posibles.
Vuelvo al tema de fondo: problemas de estos, ¿cuántos habrá? Porque por muy grandes que sean los nóctulos, ¿cuántos sevillanos saben que existen*, o siquiera que hay más de una especie de "murciélagos"? Sin mucha investigación básica de base (de la que no "vende", de la que no se suele financiar) es imposible enterarse de todo esto...

* En cambio sí saben que existen las cotorras, que aunque sean ruidosas son bonitas y muy aparentes. De forma que, como cita también el artículo, cuando el Ayuntamiento de Sevilla intentó controlarlas, la presión ciudadana hizo que cejaran en el intento...

martes, 29 de mayo de 2018

Oro puro

Hablando con Joaquín de la competición de potjies del viernes (pronúnciese "poikis"), le dije que tanto "poiki, poiki" me sonaba a Poti-poti. Me extrañó su cara de extrañeza, pues Los Aurones no son algo fácil de olvidar, pero resulta que el muy desdichado no había visto nunca esas marionetas lisérgicas nacidas de la factoría D'Ocon Films, la misma productora catalana que perpetró Los Fruitis y Delfy con claro ánimo de romper España. descubrimos investigando que tampoco era de extrañar, pues la serie se emitió solo a caballo entre 1987 y 1988, por lo que, aunque para mí marcase época, muchos de mis coetáneos se salvaron de la misma de chiripa. No así Joaquín, no así: lo obligué a ver el primer capítulo, y desde entonces estamos dándole a la serie en Youtube. Aquí os lo dejo, pero si no lo habíais visto de pequeño, mejor no le deis al play, que esto es como la varicela o el sarampión: que si los pasas de pequeño bien, peor de adulto te puedes llevar un sustomuy desagradable. Advertidos quedáis.