martes, 31 de julio de 2018

Plutón

Granito en la Sierra, y granito en Galicia: entremedias la Castilla arcillosa y ocre, y las pizarras y cuarcitas de su límite noroeste; un bocadillo de sedimentos y rocas metamórficas entre rocas plutónicas. Muchos amigos míos han hecho este año, el primero en bastante tiempo con profusión de plazas, las oposiciones de secundaria (de "medias", como dice mi madre) de las que de momento me voy librando. La parte de biología la tenemos todos más o menos dominada, la de geología en cambio... Qué ganas de coger el tren, por lo demás.

Galicia ya, en todo caso. Hoy en Orense, y esta tarde ya a la aldea, que mañana, miércoles, es la fiesta. Una semana larga para ponerme al día de lo que se cuece en la naturaleza patria leyendo las ocho Quercus y las revistas de la SEO que me han ido llegando desde Navidad. Una semana larga sin Internet y sin daros la vara; sedme fieles, y nos vemos a la vuelta. Que alguna novedad digo yo que habrá...

lunes, 30 de julio de 2018

¡Gente!

... el señor cruzó en rojo el semáforo prestando poca atención, y un motorista que venía a más velocidad de lo aconsejable casi se lo lleva por delante. "¡Subnormal!", gritó uno, "¡Gilipollas!", contestó el otro; y yo sonreí: ¡qué bien sienta estar en casa!

Dice mi hermano que Madrid en agosto se vacía y solo quedan los viejos y los locos. Una vieja loca (combo) iba hoy gritando por la calle en la misma cara de los transeúntes con los que se cruzaba: "¡Vago, que no trabajas nada!", me espetó. Y viendo que lo había clavado, me quedé pensando en el "¡pedazo de maricón!" que le había soltado al hombre que caminaba delante de mí...

¡Gente! Madrid está bastante vacía; con adverbio modificador, no como valor absoluto. Pues sigue habiendo mucha gente, ¡gente por las calles! ¡Gente paseando! Echaba mucho, muchísimo de menos pasear, ver mucha gente, relajada, por las calles; a sus quehaceres diarios. Llevo dos días obligándome a no coger el metro para hartarme de pasear, así el sol me achicharre, para ver gente, y cuanta más gente veo más sonrío.

Y sonrío aún más cuando un reclamo, tan conocido como anhelado, me hace levantar la vista al cielo: creía que, como mucho, vería algún pálido; pero Madrid está llena aún de vencejos comunes también, que otros años para el Santiago suelen haberse ido ya. Bendito regalo: me habré perdido una primavera lluviosa y espectacular como no se recordaba, pero al menos esa humedad ha retrasado la fenología de los vencejos hasta hacer que se crucen conmigo. Ellos y unas cerezas que, a precio de oro, compré y comí esta mañana, con lágrimas en los ojos, pues pensaba que por segundo año consecutivo no las iba ni a oler.

Y sonrío, sobre todo, cuando me cruzo con la gente que más estaba deseando volver a ver, que invariablemente (no sabía yo que abundaba tanto fan tapado de Waugh) citan punto por punto al verme el final de Retorno a Brideshead: "Hoy pareces mucho más contento que de costumbre".

¡Como para no estarlo!

domingo, 29 de julio de 2018

Urracas

Ya en Madrid; y más de un día tras salir de Barajas, de hecho. Viaje que tuvo un principio en Bloemfontein el viernes a la una de la tarde, en el pequeño Citybug que me levó hasta el aeropuerto de Johannesburgo. Mis ganas de añadir algo a la lista en este último trayecto quedaron truncadas por el sol del atardecer, que cayendo sobre mi ventanilla no me dejaba ver con claridad lo que se movía fuera. Tampoco pude luego tacharme la famosa "luna de sangre", pues me tocó en uno de los asientos interiores del avión a El Cairo. De las tres compañías con las que he realizado vuelos de largo recorrido: Turquish Airlines, British Airways y Egyptair, esta última ha sido la más básica de las tres, aunque no por eso dejaron de darnos de cenar (a las diez) y de desayunar (a las cuatro de la mañana...), o dejó de haber películas a bordo; aunque eran pocas y rematadamente aleatorias y malas. Aterrizamos sin mayores sobresaltos en El Cairo a las cinco y media de la mañana, en medio del, vaya, desierto; realmente la zona era bien arenosa. Conseguí conectarme a la wifi y escribiros a algunos desde allí a pesar de (que no gracias a) la ayuda no solicitada de un par de limpiadores del aeropuerto, que me pidieron luego dinero por entorpecer y se enfadaron cuando intenté colocarles la última moneda de cinco rands que me quedaba; en fin. No vi las pirámides ni al aterrizar ni al despegar, y tampoco ninguna ave nueva; apenas se veía jardín desde los ventanales de la zona de tránsito, y solo pude apuntar tres especies para el país: palomas domésticas, tórtolas senegalesas y cornejas cenicientas. Por fin, cuatro horas y pico más tarde, tras más de 24 h congelándome sometido a los más diversos aires acondicionados, pude por fir quitarme mil y un pesos de encima y empezar a absorber el sol de la capital, mientras unas cuantas urracas medio peladas vinieron a darme la bienvenida... ¡qué bien se vive en el Paleártico occidental!

viernes, 27 de julio de 2018

Aviones

Wikipedia
No contaba ayer con volver a pasarme hoy por la Facultad, pero como al final hubo mucha gente a la que no vi, pues llegué hace un rato del Departamento, todavía con muchas ausencias en la lista, pero menos que ayer. De vuelta en la residencia para empaquetar, y como queriendo recordarme que a la misma hora en que hoy la luna se tiña de rojo me tocará subir a uno, estaban los aviones isabelinos Ptyonoprogne fuligula especialmente activos, dando pasadas una y otra vez pegados a la fachada. Contentos tal vez porque ya casi hemos llegado a la "Candelaria austral", a la mitad del invierno. Pensando sin duda en que toca ponerse a reparar el nido, como los tejedores que, ya pintados de nuevo de amarillo y negro, cantan ufanos ya por todo el Campus. Y anteojitos y bulbules, hadadas y avefrías... últimas despedidas de las aves, todas ellas nuevas en su día (¡qué tontería!, como todas...), que me han acompañado cada jornada en Bloemfontein. Igual todavía me tacho algo desde el autobús a Johannesburgo. O tal vez, por darle mayor exotismo, en la escala de cuatro horas que hago mañana en El Cairo... cuando aterrice en España os lo cuento =)

miércoles, 25 de julio de 2018

En medio, como los miércoles

Miércoles otra vez, de estos que son festivos este año: debe de oler a aligustre mi barrio, y a incienso y sudor de peregrino la ciudad del Santo Adalid. Miércoles que, como suele suceder, pilla en medio de la semana; de una semana de despedidas: pasado mañana si Dios quiere volaré al norte, llevando la contraria a abejarucos y y cigüeñas, y están siendo éstos días de estar muy distraído en el trabajo porque no pasan las horas, como eran los últimos días de clase en junio en el colegio, ya con las notas puestas; y muy distraído también a las horas de comidas, cenas y cafés, entretenido despidiéndome de unos y de otros. No habrá sido tal vez este año el más provechoso del mundo en cuanto a ciencia, pero con todo y con eso he ido conociendo un buen montón de gente a la que, al ir viendo ahora por ¿última? vez, me doy cuenta de que voy a echar mucho de menos. Pues el mercenario no solo va cambiando de pagador según toque, sino también dejando un reguero de víctimas por el camino: de gente de la que duele separarse, por mucho que la estancia tuviese una fecha de caducidad más o menos definida. Voy a suponer que algo de culpa la tiene el que soy yo un tanto majo, pero por no echarme muchas flores, y por lo demás por ser justo, al Señor hay que agradecerle ante todo que esta vida dura venga sembrada de buena gente. Señores: no creo que me leáis, ni muchos, ni pronto, pero muchas gracias por todo.

domingo, 22 de julio de 2018

¿Por qué ya no disfruto viendo aves?

 ¿Os sorprende el título de la entrada? Más me sorprendió a mí cuando me lo dijo Joaquín ayer porque me di cuenta de que tenía razón. Si releéis la entrada de ayer, traspira más angustia que otra cosa: la pesadumbre por no ver lo que iba buscando (y más aún, la decepción de que la rapaz resultase ser un bicho ya visto) supera a la alegría de ver lo que sí vimos. El viaje por la zona de Ciudad del Cabo del fin de semana pasado, que empezaré a relataros en cuanto ponga algo de orden en las fotos, fue tres cuartos de lo mismo: mucho bicho nuevo, y mucho enfado por no ver otros que contaba fuesen "fáciles". Supongo que tengo cierta disculpa: Sudáfrica queda lo suficientemente lejos como para que no volver nunca sea una posibilidad bastante real, y como el tiempo que queda, o el que pasé en las áreas naturales, es limitado, pues me pueden las ganas de querer ver cuantas más cosas nuevas mejor, tanto más las endémicas, a costa de sacrificar la calidad o el placer de las observaciones. Hace mucho, la verdad, que no me paro (ese es el verbo, pararse, en vez de ir de un lado a otro) a ver un bicho más de un minuto. Mucho tiempo que no disfruto viendo simplemente cómo las aves más comunes comen, se bañan o descansan, sin más...

... y tiene que ser mi madre la que lo haga:

Esta foto me mandó hace un rato, de unas golondrinas tomando el sol en la repisa de una ventana de la casa de la aldea. Retorcidas como no las he visto nunca, que parece que están muertas, que alguien las ha estrujado y dejado ahí. A saber qué bicho les ha picado... imagino que solo se colocan de forma que el sol les dé de pleno donde más gusto les da el calorcito, como hago yo en estos mis últimos días en el invierno austral, soleados pero fríos. A ver si cuando vuelva, ya sin ansias que matar (que no aparezca una rareza cerca, vaya), vuelvo yo también a tomármelo con tanta calma como ellas, a disfrutar un poco...

sábado, 21 de julio de 2018

Despedida del Botánico

 Último fin de semana en Sudáfrica. Remedando los paseos sabatinos por el Botánico de Pretoria del mes pasado, me vine hoy con Joaquín al de aquí, por donde no me pasaba desde hace meses. Contaba con añadir alguna especie a última hora a mi lista, pero no pudo ser: creo de hecho que es la primera vez en todo este tiempo en que salgo al campo a ver bichos y no me tacho nada. Sí vi por primera vez, sin embargo, varias especies que me había tachado en otras partes del país, que siempre hace gracia...

 ... amén de otras que son de las comunes, como la cosifa cafre Dessonornis caffer, de las que me cruzo con frecuencia por el campus.

La pobre cosifa de arriba debía de tener los pies congelados, pues como veis en la foto la hierba aún blanqueaba por la helada nocturna. Pero aquí en invierno el sol calienta deprisa, y arriba en la ladera, donde buscábamos el bimbo que no llegó entre la vegetación arbustiva propia de la zona, enseguida sobraba la ropa de abrigo.

 Buscaba dos pájaros en concreto: la eremomela ventrigualda y la curruca de Layard (imagino que ninguno de ellos os despierta grandes pasiones, ya...), pero una cosa es ir al hábitat adecuado, y otra que los mil pajaretes pequeños y tímidos (y más ahora en invierno, cuando ni se mueven ni cantan mucho) se dejen ver en campo abierto. Solo pude sacar fotos decentes de este diminuto buitrón coronirrufo Cisticola fulvicapilla.

 ¿Echáis de menos fotos de suimangas? No os preocupéis, que alguna hay: aunque me costó, porque no me había fijado hasta hoy al buscarlos en los pocos áloes que hay en este jardín. Menos mal que estos bichos no dependen solo de los áloes (pobres, si no), y pude fotografiar esta hembra de suimanga malaquita Nectarinia famosa alimentándome en una oreja de cerdo Cotyledon orbicularis, una crasulácea.

 El pequeño embalse del jardín, que estaba de agua hasta los topes, como no lo había visto nunca, cuenta en sus orillas con masas de carrizos y espadañas donde tejedores enmascarados y obispos rojos arman escándalo a lo largo de todo el año. Y sorprendimos además esta polluela negra Zapornia flavirostris (que se había quedado sin foto en Pretoria) buscando comida entre las cañas... hasta que de repente se asustó y saltó dentro de un arbusto, al tiempo que los bulliciosos obispos enmudecían y también se hundían en lo más espeso del carrizo.

¡Había llegado volando una rapaz!, que se posó en un árbol seco a la vera del agua. El efecto de que toda la vida alada enmudeciese de pronto fue bastante notable, la verdad. No supe en el momento lo que era (las rapaces juveniles difieren muchas veces bastante de los adultos), y coqueteé con la idea de que fuese un tachable azor blanquinegro, pero tras sentarme en casa con guías e Internet me temo que es un juvenil de azor lagartijero claro Melierax canorus. Que ya lo habéis visto bastantes más veces en este blog, pero bueno, al menos no con este plumaje...

Algo nuevo y completamente inesperado sí nos tachamos Joaquín y yo: al levantar piedras buscando algún herpeto (y encontrar solo una cría de geco pigmeo del Cabo, y gracias), descubrimos bajo una unos cuantos escarabajos de élitros negro-azulados y tórax y cabeza anaranjados. Quiso la suerte que, por querer tocar algo con pinta de oruga peluda que tenían al lado con un palito, no les acercase directamente los dedos, pues resultaron ser ni más ni menos que escarabajos bombarderos (del género Brachinus), que reaccionaron ante el "ataque" del palitroque como solo ellos saben hacer: rociándolo con una solución cáustica a más de 100 ºC. Si es que en esta tierra no puede uno confiarse...