viernes, 4 de enero de 2019

Fui buscando fotos, y encontré...

Año nuevo, y vida nueva, como os contaba en la entrada anterior; pero hasta que no empiece el contrato, seguimos con la misma del año pasado, y como hoy tocaba salir de casa por la mañana, tiré de la lista de planes comodín que tengo en la recámara y me acerqué a ver una exposición de fotografías del S. XIX que está abierta hasta marzo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Son de Juan (Jean) Laurent, "fotógrafo de cámara" de Isabel II que retrató a buena parte de los personajes responsables de que el XIX sea el siglo más movido del libro de Historia, y que además realizó varios reportajes sobre monumentos y obras públicas de todo el país. Había de hecho casi más fotos de viaductos que otra cosa; no era lo que esperaba encontrar, pero aún así no me disgustó. Con todo, lo dos detalles con que me quedé tenían bien poco que ver con la fotografía:
- Uno fue escuchar vencejos, lo que me hizo caer en la cuenta de las muchas ganas que tengo de que se acabe el invierno (y ¡anda que no queda para la Candelaria!). Formaban parte de la ambientación sonora de un pequeño vídeo explicativo de la exposición; me gusta que casi todas las películas y reportajes que he visto donde sale Madrid en la buena época parecen incluirlos...
- Otro fue que, viendo unas facturas allí expuestas (¿para qué? No me preguntéis, no me pareció que aportasen lo más mínimo) me quedé pasmado con lo mucho que cuidaba antes la caligrafía la gente que sabía escribir.. Es un tema con el que estaba "sensibilizado" por leer hace nada este hilo de Twitter donde, al hilo (je je) del tema desarrollado, la gente empezó a subir fotografías de papeles manuscritos que tenían por sus casas de tiempos pasados, a cada cual con una letra más primorosa. Que no es sinónimo de "fácilmente legible", pero bueno, tampoco lo es la mía, y de bonito no tiene nada...

... Cómo me lo monto, ¿eh?

miércoles, 2 de enero de 2019

Volviendo a la vida normal

Viaje tempranero de vuelta a Madrid: tras dos horas de semiinconsciencia y oscuridad de ventanas afuera, me voy a desayunar algo al vagón cafetería a la par que el tren se acerca al pantano de Ricobayo y que el sol naciente ilumina campos escarchados como un roscón, y una niebla láctea, espesísima, que serpentea desde el fondo del valle... Y mientras veo los milanos que se materializan y desaparecen de nuevo a medida que el tren avanza, pienso en que ayer, leyendo para preparar la entrada de balance listero las entradas que escribí en Israel y en días sueltos de Sudáfrica, y por mucho que abundasen las frases motivadoras para engañar(me/ros) se intuía bastante bien que el tema de las postdocs estaba próximo a explotar, por un lado o por otro. O tal vez no, ¡a saber! El caso es que vuelvo a Madrid a la vida normal (o al menos a una vida más normal que pasar el día en casa viendo vídeos de acuarios en YouTube), porque vuelvo a trabajar: en algún momento de enero (los encargados del papeleo están de vacaciones) empezaré un contrato en el Centro Nacional de Biotecnología (un centro del CSIC que está en el campus de la Autónoma); es una sustitución de ocho meses, de una baja por maternidad, de una plaza a cargo de proyecto de un laboratorio para ocuparse sobre todo de labores administrativas: coordinar análisis con otros grupos, gestionar pedidos, hacer informes de resultados... cosas así, no muy distintas de las que ya he venido haciendo "siempre" en estos años de investigación, y que por tanto espero no me cueste hacer bien. Como el contrato es a tiempo parcial, además, tendré las tardes libres para seguir pensando en qué hacer luego, preparar cursos o historias similares... o seguir viendo vídeos de peces. A ver qué gana.

martes, 1 de enero de 2019

Balance listero de 2018

¡Feliz año nuevo! Estrenamos uno más y, a lo tonto a lo tonto, ya casi llevamos dos décadas de siglo, aunque a mí lo de "S. XXI" siga sonándome a "el futuro"... Gracias por seguir pasando por aquí, a pesar de que haya batido e 2018 un nuevo récord de caída en número y calidad de las entradas. Pero ya sabéis: esto no es más que un diario que habéis encontrado en un cajón (virtual), y los diarios salen al dueño...
Igual que hay Gordos madrugadores y remolones, mis primeros pájaros del año pueden hacerse esperar más o menos: la lavandera del año pasado tardó en salir, y en cambio la gaviota patiamarilla de este me dio un susto, pues pasó pegada a la ventana nada más subir yo la persiana... bien, buen comienzo ha sido, que ya sabéis que me gustan las gaviotas. A este 2018 de viajes tricontinentales se le aplica buena parte de lo que escribía en la crónica de hace un año, pues no en vano más de la mitad del mismo siguió trascurriendo en Sudáfrica. Sin embargo, y como pudisteis comprobar en las entradas del mes que eché allá, disfruté mucho más de los pájaros y demás fauna que me taché en Israel que del buen montón de bichos nuevos que vi este año en Sudáfrica, y sabéis por qué: al ser menos, el disfrute se paladea mejor; y al ser muchas de ellas especies conocidas desde pequeño, las ganas de verlas eran mayores. Con todo, ni en África ni en Asia hice una lista mesurable, y en resumidas cuentas no sé cuántos bichos me he tachado este año... Ya que seguramente en 2019 me mueva mucho menos, espero poder dentro de un año (se chegamos alá) daros cifras concretas. Cifras que sean mayores de cero, vaya; en concreto tengo muchas ganas de ver las dos especies reproductoras en la Península que aún me faltan: el alzacola rojizo y el gorrión alpino. Y tengo ganas de hacerlo, en general, sin agobios, y disfrutando otra vez de los ratos de campo. ¡Que sean muchos, y que vosotros los veáis!

domingo, 30 de diciembre de 2018

"Un molino, la vida..."

 Es solo ahora que, al perder los grandes robles sus hojas, llega algo de luz al antiguo molino situado junto al arroyuelo que salta entre grandes bloques de granito, teñidos de verde por el paso de los siglos: Galicia. O, al menos, la que la Xunta intenta vender fuera de aquí...

 Galicia: mil aldeas de cien casas, las cien diferentes, las cien horrorosas. Aldeas de bloque de hormigón visto, uralita roñosa y cables de la luz que, como lianas, saltan una y otra vez de un lado a otro de las calles cementadas. Aldeas de perros mestizos que ladran, cobardes y desconfiados, al paso del visitante; perros que como en el resto del mundo se parecen a sus dueños.

 Galicia: fincas en medio del monte, cercadas por somieres, rodeadas por los restos chamuscados de eucaliptos y pinos, entre los que arraigan ahora con alegría las mimosas, animadas por la luz y abonadas por la ceniza.

 Galicia: ahora también, paraíso de la velutina, cuyos nidos como balones de papel destacan mucho ahora en lo alto de los árboles sin hojas. Esta Galicia mayoritaria no la promocionarán, no; ni se preocuparán de ordenarla lo mas mínimo... Pero esta Galicia, mucho más la fea que la idílica, es la que realmente entiendo como mía; aunque sea a través de la queja, sentimiento que por otra parte se nos supone connatural a los nativos...

 Pero bueno, dejemos de triturarnos con dolor por un instante, para volver de nuevo la vista a la Galicia de los anuncios de la tele... Ayer por la mañana fui con JaviP a recorrer una ruta muy prometedora, con sus molinos históricos, espesuras y regatos.

 Nos perdimos por corredoiras solitarias monte arriba del Ribeiro más vitivinícola, en tierras de Carballeda de Avia. Nos perdimos... literalmente, quiero decir: la información que habíamos encontrado por Internet, y la de los escasos carteles indicativos con que nos cruzamos, no casaba nada bien con lo que en realidad nos íbamos cruzando; y para estar de vuelta para comer como pensábamos tuvimos que desandar lo andado cuando apenas llevábamos un tercio de la misma.

 Una segunda consulta a Internet ya después en casa desveló el origen del problema: a alguien se le olvidó poner un 1 delante de los 7 Km que se supone tendría que tener el recorrido completo...

 Siete kilómetros, y aún ocho, son los que finalmente hicimos; y en honor a la verdad, buena parte de los mismos fueron por zonas la mar de bonitas. Nos quedamos con ganas de volver en otra ocasión, mejor pertrechados para acometer el sendero en su totalidad.

Pensativos ante el camino que nos queda por recorrer, y quemados, pero aún con vida, como el castaño de la imagen; una imagen que resume la mañana de ayer, y nuestro devenir vital, en general. Quejar nos quejaremos mucho, pero ¡que se prepare 2019!

sábado, 29 de diciembre de 2018

Lourizán

Sigo aprovechando las vacaciones navideñas para hacer la ronda habitual de visitas a amistades, y de reencuentro con el mar cuando me acerco a Marín a ver a Raúl. Pero como el pobre no se encontraba muy allá, en vez de salir en la barca, visitamos un sitio que, tan cercano a Marín como está, me extrañaba no haber visitado aún.

 El Pazo de Lourizán, antigua casona señorial que alcanzó su época de mayor apogeo cuando se convirtió en la residencia de verano del prócer compostelano Montero Ríos, alberga a día de hoy en sus jardines con vistas a la ría un centro de investigación forestal, donde se desarrollan variedades vegetales y se ensayan tratamientos contra plagas.

 Entre otros, cuenta con un eucaliptario: un bosque de multitud de especies de eucalipto (algunas, la verdad, bastante bellas) donde se evaluaba qué variedades se podrían adaptar mejor a nuestras tierras de improductivos robledales... éxito no les faltó en la empresa, la verdad.

 En fin. Al pazo histórico en sí no se le da uso por parte del centro de investigación, y aparentemente por dentro está en un lamentable estado de abandono. Por fuera, sin embargo, el aire descuidado le sienta muy bien a su arquitectura romántica...

 Las estatuas que jalonan las escalinatas lucen mucho mejor contra el fondo de maleza un poco demasiado crecida y de bruma espesa, como la que estamos teniendo estos días.

 Brumas densas que, aunque cuando levantan no turban el azul pastel del cielo invernal, dejan tras de sí tal cantidad de humedad que no desmerecería de una lluvia de verdad. Y en la finca abundaban los riachuelos, reguerillos de agua y fuentes; fuentes donde buscar salamandras y a las que sacar fotos buscando ideas para futuros proyectos...


jueves, 27 de diciembre de 2018

Tiempo libre

¿Cuánto tiempo pasó cubierta de andamios la fachada del Obradoiro? Ya ni me acuerdo... en todo caso, a obra acabada, uno solo ve lo bonito y no se acuerda de las quejas anteriores... en fin. Hacía ya años que, aunque parase brevemente en Santiago de camino a Pontevedra a ver a Raúl, no me detenía a pasear por la ciudad. Hoy sí, y disfruté mucho de pasear por unas calles que ya tenía medio olvidadas. Vi primero a Jaime, comí y eché un buen rato con Joaquín (bajado desde Coruña, de donde es su familia materna y donde suele estar en vacaciones), comentando sus aventuras y desventuras sudafricanas más recientes; y terminé cerrando el día con Martín, que es ya un niño más padre que la última vez que nos vimos, aunque no pasen los años por él (enlace; y curiosas reflexiones, las que me hacía yo de aquellas...). Y estando como estábamos tomando algo, surgieron en la conversación de forma natural anécdotas de la carrera. Y, por hacer "algo" más que estar sentados, nos acercamos en un momento hasta la facultad(e). No contaba yo con que estuviese abierta, en Navidad a las ocho de la tarde, pero lo estaba (y la biblioteca llena de gente estudiando, de hecho), y me dio una especie de alegría muy tonta entrar y ver, en apenas unos minutos, qué había cambiado y qué parecía seguir igual. Nos quedamos desde luego con ganas de echar un rato más largo...

Cierro con una foto de Martín en el mismo lugar en que lo conocí, el primer día de clase: al salir de la presentación de la primera (¿Citoloxía?), vi que el chaval se arrimaba a una columna con cara aburrida y deduje que, como yo, no debía de conocer a nadie. Me acerqué, y tras las presentaciones y comentarios "de ascensor"" de rigor, le hice la pregunta, la que todavía él recuerda y que repite literalmente con retintín cuando quiere fastidiarme. "Y a ti, ¿qué te gusta hacer en tu tiempo libre?"

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Palomas al vuelo

El tiempo que me ha ido quedando libre entre entradas sobre Francia y reuniones familiares lo he dedicado en buena medida a pasear, como de costumbre. Si el año pasado tocó una Navidad tormentosa, pero de río bajo, este estamos teniendo una muy soleada (una vez despeja la niebla matutina) y templada, aunque con el río paradójicamente bastante alto y con mucha corriente. Total: los muros forrados de salamanquesas, y el Miño prácticamente vacío de porrones dentro, y de lúganos en las márgenes. La principal novedad ornitológica de este año la pone un halcón peregrino (¿o es una pareja?) al que de momento estoy viendo prácticamente a diario, ya sea posado en un edificio, ya volando sobre el espacio abierto del río, normalmente instantes antes o después de capturar una paloma. Intentar verle prepararse su menú de Navidad ya es bastante aliciente como para salir de casa, así que bienvenido sea...