domingo, 9 de septiembre de 2018

Al final del shabat

Tras detenerse el viernes al caer la tarde, como tantos otros servicios en este país, el sábado por la tarde se reanuda en Israel el transporte público, justo a tiempo de que Nick (otro estudiante católico que he encontrado aquí) y yo lleguemos a Beerseba para ir a misa en inglés a la parroquia que allí hay. Una congregación no muy numerosa (la de misa en hebreo parece que lo es algo más) compuesta a medias por chachas filipinas (que imponen su ley y hacen que los cánticos sean en tagalo) y estudiantes de diversos países. Estudiantes que, finalizada la misa en el bajo de un chalet convertido en capilla, suben (subimos) al piso de arriba, la "rectoral", a cenar con el párroco, polaco. Otra ocasión, como los encuentros entre estudiantes de que hablaba ayer, de socializar con expatriados. Ni tan mal...

sábado, 8 de septiembre de 2018

Una hora y un día de adelanto

A la espera de ver en qué queda lo del cambio de hora (no solo si se suprime el cambio verano/invierno, sino si os quedáis en España en el huso actual), por de pronto os llega con saber que aquí en Israel es una hora más (así que no me llaméis al wasap pasadas vuestras diez :-p). Pero mentalmente esta semana he empezado a vivir como si, de hecho, fuese un día más: tengo que adaptarme a que los fines de semana ocupen viernes y sábado, en vez de sábado y domingo; al final los calendarios "ingleses" en los que el domingo es el primer día de la semana me van a venir bien...

Más desierto...
Primer fin de semana que estoy empleando en ampliar mi conocimiento: tanto del pueblo como de sus gentes. Una novedad muy agradable de esta tercera postdoc es que la comunidad estudiantil es bastante activa y abierta: a través de esta web, que tiene una lista de correo bastante activa, y de ir conociendo "a X, que conoce a Y, que sabe que Z hace..." he ido consiguiendo cacharros y cubiertos para poder comer (mi casa, salvo los muebles, estaba vacía), ir conociendo gente a la que le gusta salir al campo, o que me invitasen ayer a cenar. Poco que ver, desde luego, con las comunidades de gente amable-pero-cada-uno-en-su-casa con que, salvo excepciones, me encontré en Dijon o Bloemfontein. Será el carácter mediterráneo, será que este sitio está tan aislado que no queda otra, será... lo que sea. Pero sea lo que sea, lo agradezco enormemente.

jueves, 6 de septiembre de 2018

A las puertas del desierto

O, por ser más exactos, con el desierto a las puertas, pues nos rodea aquí por todas partes... Aunque yo, la verdad, no fui del todo consciente hasta que esta mañana, al acercarme al súper en un segundo y, ya que estaba, seguir andando un poco más en pos de un alcaudón núbico (otro bimbo mas; hoy han sido tres), me di de bruces con este panorama:

Realmente, vivo en medio del desierto, ese desierto que tanto impresionó en su día a Ángel (mi referente en esto de los blogs; que estuvo el verano pasado en Jerusalén y escribió después una serie de entradas tan larga como interesante). No es de extrañar así que haya tanto movimiento de aves estos días por los arbolillos de mi aldea: acogotados estarán, pensando en que ahora tienen que cruzar esto, camino de África. A ver si mañana, para comenzar con buen pie mi primer fin de semana a la judía, me doy una vuelta plenamente pajarera...

miércoles, 5 de septiembre de 2018

¡A la ciudad!

Me acabo de dar cuenta de que la entrada de ayer se me había quedado en el tintero, sin publicar... bueno, pues ración doble hoy. Uno de los inconvenientes de vivir en Midreshet Ben-Gurion, que no he tardado nada en descubrir, es que aquí hay más bien pocas cosas: el pueblo se articula en torno al campus y a la entrada del Parque Nacional Ben-Gurion, y por ejemplo, como supermercado, solo hay un sitio de esos como de pueblo de playa: pequeño, con poca variedad de productos, y muy caro. Y no hay bancos, tiendas en general... en fin, que para hacer casi todo, o lo hace uno por Internet, o se desplaza a la ciudad: a Beerseba. Y allí que me fui esta mañana, en un bus lleno de soldados. De soldaditos más bien: casi todos los israelís hacen el servicio militar obligatorio (dos años ellas, dos años y medio ellos) justo al terminar el instituto, por lo que según parece en las fechas en torno a los fines de semana, o los festivos, como ahora el año nuevo, los medios de transporte se colapsan de centennials que van a ver a papá y mamá, todos colgados de sus móviles. En Beerseba, gracias a la ayuda como traductora de la de máster de mi grupo conseguí abrir una cuenta bancaria en menos de tres horas. Y conseguir número definitivo de teléfono móvil (aunque seguid contactándome por el wasap español, que es lo más cómodo), y tarjeta de estudiante para los transportes públicos. Que usé a destajo desde que la tuve, porque se agradecía el aire acondicionado. Y porque coger el bus urbano le hace sentirse a uno como más integrado, ¿no?


África 2.0

Me hizo gracia, nada más bajar del avión, que la primera planta que me recibiese, en un parterre a la entrada de la pista de aterrizaje al aeropuerto, fuese una Searsia... "ea, de vuelta a África", me dije, recordando también cómo alguno de mis antiguos compañeros de Bloemfontein me dijo que "le has cogido el gusto a África, ¿eh?" al decirle que me mudaba a Israel... Lo que no me imaginaba era que el parecido, en lo biológico, iba a ser tan acusado: jardines aparte, donde predominan las mismas especies que veía en Bloemfontein (adaptadas a un clima similar, a fin de cuentas), los pájaros que estoy viendo con más frecuencia son todos especies equivalentes (y nuevas para mí, así que tan contento) a las que veía a diario allí abajo: bulbules ojiblancos en vez de los encapuchados, suimangas palestinas en vez de las ventriblancas o estorninos de Tristam en vez de los alirrojos; amén de las tórtolas senegalesas, que si bien parecen aquí menos frecuentes que en Bloemfontein, se las oye más; supongo que porque son las únicas que dan la tabarra, no como allá, que había varios tipos de paloma más...

Lo que no teníamos en Sudáfrica, cierto es, son cabras montesas pastando en las escasas manchas de césped...

Dos días, y cuatro especies nuevas. Y un contrato firmado y otros papeles arreglados. Mañana más.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Shaná Tová!

Cerca de un día ha pasado desde que ayer por la tarde salí de Barajas; 24 horas en las que seguramente he dormido menos de lo que me va a llevar escribir esta entrada: es lo que tiene, coger un vuelo nocturno en una compañía de bajo coste; y que además sea u vuelo heminocturno, pues a las cuatro y media cananeas (aquí tenemos una hora más que en España) aterrizábamos en Tel Aviv. Tenía bastante curiosidad por sentir en carnes propias las atenciones del tan cacareado servicio de vigilancia fronteriza de Israel, pero el funcionario encargado miró mi pasaporte, lo selló, y a otra cosa mariposa. Nadie que me hiciese preguntas acerca de para qué quiero tanto telescopio y tanta cámara, nadie que (como leí en el report de un viaje ornitológico) me preguntase especies de la guía tapándoles el nombre, para ver si realmente vengo a mirar pájaros... una decepción en toda regla.
Tras poco rato de espera legó a buscarme Ron (el doctorando que tenemos en mi grupo de investigación actual) que venía de pasar el fin de semana en casa de sus padres, y ya de paso me bajó, con total comodidad. En poco menos de dos horas de acelerones, adelantamientos imposibles, bocinazos, y en general un bonito despliegue de conducción semítica, cambiamos el calor pegajoso de Tel Aviv por el calor, a secas, de Sde Boqer. Me recibió un campus cuyo aspecto externo semidesértico (y no solo por el paisaje; es que aquí solo vienen alumnos de máster y doctorado) y polvoriento ocultaba unos interiores la mar de cómodos y modernos, y un apartamento que me facilita alquilar la universidad para que sea mi casa el tiempo que me quede aquí. comí gratis, además: celebraba la escasa comunidad universitaria de este campus un pequeño tentempié por el año nuevo judío, y tras unos discursitos en hebreo pude mover el bigote a costa del contribuyente. A ver si mañana se celebra algo también...

domingo, 2 de septiembre de 2018

A casa de Gaspar

He tardado en escribir esta entrada, y lo hago ahora, tarde y mal. Tampoco es que importe mucho, supongo, porque los pocos lectores que quedáis yo creo que ya sabíais esta noticia, pero vamos a dejar aquí constancia de la misma, para facilitar el trabajo a mis biógrafos dentro de algunos años: vuelvo a marcharme de postdoc. A Israel. Esta misma noche cojo el avión.

Ea, noticia digerida. Tercera postdoc ya, y la cuarta de cinco solicitudes que eché desde Sudáfrica; lo que al irme a Francia decía por decir, de que "nah, si lo difícil es la primera; una vez metes la cabeza dentro ya es más fácil empalmar postdocs", ha resultado ser en mi caso completamente cierto, pues al igual que lo de Bloemfontein al irme de Dijon, esta nueva postdoc ya la tenía antes de acabar la segunda. Voy a Israel a tacharme Asia, aunque me quede muy cerquita de sus bordes. Ya tengo así una postdoc en cada uno de los "continentes de la Antigüedad", en la patria chica de cada uno de los Reyes Magos. 

Me voy a Israel dos años, renovación trascurrido el primero mediante, y si no me sale antes algo que no pueda rechazar en otro lado. Me voy a la Universidad Ben Gurion, pero no a su sede principal en Beerseba, sino al Departamento de Ecología Desértica, que está en Sede Boqer, aún más al sur, en el corazón del desierto del Negev. Del trabajo con roedores y bacterias que realizaré allí, y de cómo son mi futura jefa y mi grupo de trabajo, ya os hablaré más adelante.

Israel es por lo demás un país difícilmente más interesante en términos culturales, y también naturalísticos, pues se dan allí la mano especies de Asia, África y Europa; un país que tenía muchas ganas de conocer, y voy a tener ahora la oportunidad de hacerlo por extenso. Mañana amaneceré allí ya, Dios mediante, pues se supone que aterrizo en Tel Aviv a las cuatro de la mañana. Ya os contaré lo antes posible si es aquello tan bonito como promete la canción...