jueves, 27 de julio de 2017

"If you're happy and you know it..." (PNK, III)

¿Los veis entre la maleza, unos cuantos elefantes apenas a unos 20 m del coche? Los veis, claro que sí; pero una vez en el Parque sorprende lo cerca que pude tener uno un animal tan grande como un elefante y ni sospechar que está ahí, incluso con estos bichos que no es que sean especialmente silenciosos. Debido pues a lo cerca que están los animales de la gente, y a que muchos de ellos son potencialmente mortales, está evidentemente prohibido descender de los coches en todo el Kruger salvo en los lugares específicamente delimitados: los campamentos, las zonas de picnic y pocos sitios más. Se puede sin embargo contratar y realizar recorridos a pie por el Parque en pequeños grupos acompañados de guardas armados, que dirigen los pasos del grupo e interpretan el comportamiento de los animales que salen al paso para saber si es seguro seguir caminando por un lado o no.


Para colocar las cámaras trampa también nosotros debíamos ir acompañados de un guarda, claro. Por suerte, Mdu está registrado como tal, de modo que uniformado y rifle en ristre estaba pendiente de nosotros cada vez que se abrían las puertas del coche. Yo por supuesto me fiaba de él (qué remedio), pero las primeras veces no dejaba de estar bastante angustiado, vaya, pensando en que de cualquier arbusto iba a salir un león con aviesas intenciones, sin darnos tiempo a reaccionar...

Porque antes de empezar estas dos semanas de trabajo de campo eran los leones lo que más miedo me daba (y ya, ya sé que en general en el monte soy un gallina, pero de un león me dejaréis que tenga miedo, ¿no?), pero esa percepción cambió ya el primer día. Resulta que los leones en general no gustan mucho de la compañía humana, y al ver a un peatón suelen poner tierra de por medio aun antes de dejarse ver. Y si les pica la curiosidad y se acercan, en general se les espanta fácilmente manteniendo una actitud dominante de cara a ellos (aunque quiera Dios que no me tenga que ver yo en un brete semejante)... Según mi jefe, los búfalos solitarios en cambio ya son otro cantar: aúnan cerrazón vacuna con desconfianza y son más de embestir primero y preguntar luego. Pero a estas alturas del año, en plena estación seca, los rebaños de búfalos no se apartaban apenas del cauce seco, pero verde, de los ríos, y no nos los encontramos en las cámaras ninguno de los días. Los elefantes, empero, ya son harina de otro costal: son grandes, son muchos, y están acostumbrados a que nadie les tosa. De modo que cuando el primer día llegamos a colocar la segunda cámara y nos encontramos el panorama de arriba: cinco morlacos pasando el rato junto a la charca, mientras un buen número de impalas esperaban respetuosamente su turno antes de acercarse a beber, creí que íbamos a comernos un buen rato de espera en el coche...

... pero, ¡infeliz de mí!, me equivocaba de cabo a rabo. Mi jefe dijo algo parecido a "nah... si ni siquiera están bebiendo ya, solo están ahí echando la tarde... vamos a echarlos", y dicho y hecho se bajó del coche y "hala, ¡venid!"...

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... claro, que nosotros confiamos en él, pero supongo que siempre existe la posibilidad de que la famosa enajenación mental transitoria de los juicios exista de verdad... En cualquier caso, ya fuera del coche nos daba casi más miedo estar lejos de él (del rifle) que cerca de los elefantes, así que con él que nos fuimos, y atónitos vimos cómo se ponía a batir palmas a medida que poco a poco se acercaba a las bestias. Y resultó que los elefantes, con todo lo grandes que tienen las orejas, no parecen gustar mucho del flamenco, y las cinco bestias se dieron la vuelta y se marcharon. Y llegamos, pusimos la cámara y volvimos al coche sin mayor contratiempo... no siendo los diez años de vida que me dejé por el camino.

miércoles, 26 de julio de 2017

"Y dos semanas... ¿haciendo qué?" (PNK, II)

Pues, aunque a los que os iba contando cosas por wasap no os lo pareciese, dos semanas trabajando bastante... pero no en lo que yo pensaba: antes de viajar al norte creía que iba a dedicarme básicamente a ayudar al estudiante de doctorado a capturar pájaros para tomar muestras de sangre. Pero al llegar al Parque resulta que Maliki ya no estaba allí, porque ya había muestreado todo lo que tenía que muestrear. De modo que me pasé las dos semanas echando una mano a las dos estudiantes con sus proyectos, a mayores de dar apoyo moral e intelectual a otros estudiantes colaboradores de Mdu que estaban también por allí (Tino, un estudiante de máster suyo de la universidad donde estaba antes de mudarse a Bloemfontein, y Leif, un chavalín estadounidense de segundo de carrera que se vino a hacer una especie de prácticas tuteladas).

 Pero dejemos a Leif y a Tino de momento a un lado, y vayamos con las chicas: el proyecto de fin de grado de Klinette consiste en estudiar cómo varía la diversidad y abundancia de animales en los abrevaderos a lo largo del día, para ver si hay patrones de correlación positiva o negativa entre la abundancia de ciertas especies.

 Para ello depende de los datos de cámaras trampa, que toman fotos de los animales presentes cuando estos activan sus sensores de movimiento. Cámaras que colocamos protegidas por una carcasa de cemento si se puede, como arriba, o como mejor podemos con piedras si no, disimulando además el olor humano a base de boñiga de elefante.

 Elefantes que luego, al retirar las cámaras y examinar las fotos, se dejan ver en las mismas con mucha frecuencia. Aunque debido a la perspectiva cueste hacerse una idea de cuántos son... pero ea, esa es tarea suya.

 La verdad es que examinar las imágenes de las cámaras, que están activas día y noche, resulta de lo más entretenido, casi como cotillear un reality show. Entretenido y también frustrante, cuando las especies que aparecen retratadas uno ho ha conseguido verlas en persona a lo largo de los días de muestreo, como esta jineta manchada Genetta tigrina.

 Las cámaras en todo caso requerían de poca atención: apenas ir a vaciar la tarjeta de memoria cada dos días. De modo que la actividad en la que invertíamos la mayor parte del tiempo era tomar datos para el máster de Mariska. Dicha toma de datos consistía básicamente en conducir de un lado a otro viendo y contando bichos (así que no os extrañe que haya visto tantas cosas)...

 ...y prestando especial atención a si tenían o no picabueyes Buphagus sp. (picabueyes piquirrojos B. erythrorhynchus en el caso de esta hembra de kudu): el proyecto de esta chica investiga las preferencias entre especies de ungulados, y de partes del cuerpo dentro de cada especie, de estas aves mitad amigas y mitad parásitas, que tanto libran a sus hospedadores de garrapatas y otros bichos perjudiciales, como mantienen abiertas a picotazos las heridas para alimentarse directamente de sangre.

 Contar picabueyes a pares, o en pequeños grupos, es fácil. El problema es cuando se los encuentra uno a todos juntos en el "centro comercial", como en esta jirafa, donde además cuesta distinguirlos "camuflados" entre las manchas del animal. ¿Qué, cuántos veis?


A ver si así con los puntitos se os hace más fácil... je, ¡y los que habría por el otro lado, que la bicha no se giró!

En realidad anillar y tomar muestras de pájaros también lo hicimos: como parte del mismo proyecto, queríamos capturar picabueyes, para mirar su condición física y los parásitos que pudieran tener, y eso intentamos hacer a lo largo de la segunda semana. Para ello fuimos a unos cercados de acceso restringido (no pude hacer fotos) donde mantienen rinocerontes huérfanos, hijos de madres matadas por furtivos para hacerse con los cuernos, un problema bastante notable en el país. El recinto era como un pequeño zoo, y pusimos las redes en torno a las jaulas, pues los picabueyes estaban tan a gusto en los rinocerontes de dentro, y volaban dentro y fuera de vez en cuando. El primer día se nos dio bastante bien, pero luego las aves ya recelaron y se nos acabó el chollo, así que al final capturamos bastantes menos de los que hubiésemos querido... en fin, no se puede tener todo.

martes, 25 de julio de 2017

Aligustres jacobeos

Sed buenos y no os enfadéis porque haga un alto en la serie de entradas sobre el Kruger nada más empezarla, anda, que la efemérides de hoy siempre me pone algo tonto, y merece la pena dedicarle una entrada. Dedicársela al recuerdo de Galicia: al de la ciudad donde me volví biólogo, y al del barrio que está ahora en fiestas, engalanado y perfumado con las diminutas flores de los aligustres. ¡Menuda alegría me llevé, de hecho, al llegar el sábado por la tarde a Bloemfontein y ve que dentro del campus habían montado un tinglado de casetas y atracciones de feria! Ya casi estaba teniendo espejismos con escenarios de orquestas y verbenas... pero mi gozo en un pozo: pues el festival no empezaba, sino que terminaba a la vez que nuestro trabajo de campo.

Los aligustres en cambio sí andan por aquí, resistiendo mal que bien la estacionalidad invertida de las lluvias de la zona (la verdad es que todas las especies europeas que veo en jardines tienen una pinta penosa); y me alegran el día, no con sus flores, sino con sus frutos, que es lo que les toca tener a estas alturas del año. Me lo alegran a mí porque se lo alegran a su vez, no a las currucas y a los verderones, sino a los bulbules encapuchados, a los zorzales del Karoo y a los pájaros-ratones dorsiblancos, unas criaturas panzudas, adorables, que tras comer se cuelgan de las ramas, bien apretujaditos y al sol, para hacer la digestión. Envidia me dan...

lunes, 24 de julio de 2017

Pa(i)sajes de ida y vuelta (Parque Nacional de Kruger, I)

Para evitar que, a través de la serie de entradas que escriba sobre estas dos semanas de trabajo de campo, os llevéis la impresión equivocada de que todo han sido tortas y pan pintado, voy a empezar relatando los malos momentos. En concreto el peor de todos: que los quince días pasaron volando. Que ya estoy de vuelta en la fría Bloemfontein, que por comparación con cierta localidad gala tan apetecible se me hacía antes, y que por comparación tan antipática se me hace ahora tras haber disfrutado dos semanas del lowveld. Y es que se le coge muy pronto el gustito al "safari": el muestreo en mariposa de 2014 fue apasionante, pero demasiado breve; tengo que remontarme a la vuelta curruquista de 2011 para rememorar un muestreo de los largos, de los de ropa sucia, comidas irregulares, siestas improvisadas en sustitución del ausente sueño nocturno... y muchos bichos, y sobre todo mucha diversión.
Pero como de Bloemfontein al Kruger aún hay una tirada de kilómetros, justo es que empiece el relato por el viaje de ida... y, ya que estamos, el de vuelta también. Pues el de ida empezó en taxi, camino del aeropuerto: aunque el sábado volvimos todos juntos, mi jefe y las dos alumnas habían aprovechado este mes de vacaciones de invierno para ir antes a ver a la familia, de modo que tuvimos que reunirnos ya allí para empezar el trabajo. "Allí" fue en un principio White River, a hora y pico del parque, a donde volé desde Bloemfontein para ahorrarme diez horas de autobús y donde vive la familia de Klinette, en cuya casa nos alojamos Mariska (llegada desde Namibia) y yo antes de ir los tres juntos al Parque el día siguiente, donde nos esperaba ya Mdu. Hora y pico de viaje de ida, y hora y pico de viaje de vuelta ya los cuatro juntos en el coche de mi jefe (Klinette terminó antes con su muestreo y volvió a ver a sus padres, y la recogimos ya al acabar nosotros de camino al sur), que me preguntó justo entonces "¿y tu región de España, cómo es?" "Pues... no te lo vas a creer... pero exactamente como aquí", dije, y no mentía, aunque el estupor me hacía preguntarme si soñaba: el entorno sur del parque, en efecto, es una sucesión de colinas de granito, viejas como Galicia, viejas casi como la corteza terrestre misma. Domos, bolos, lanchas... las mismas formaciones rocosas entre las que he pasado casi toda mi vida y que, horror de los horrores, asoman en Mpumalanga a la superficie allí donde los incendios han abierto claros entre las plantaciones de pinos y eucaliptos, eucaliptos hasta donde llega la vista. Redondeado con alguna mimosa que otra amarilleando junto a los caminos... solo algunas plantaciones intercaladas de caña de azúcar y nueces de macadamia me recordaban que no estaba en el fogar de Breogán. Y la misma mentalidad entre las gentes, que es lo peor: "qué bonito, qué verde es todo esto, no como el secarral del Free State..." Ver para creer.
El camino de vuelta en todo caso fue poco a poco dejando atrás el déjà vu, a medida que ascendía las pendientes más accesibles del Drakensberg, pasando de las los suaves perfiles graníticos a los escarpes de arenisca, de los eucaliptales a los campos abiertos y por fin a la mole informe de Johanesburgo, que circunvalamos a paso de tortuga (obra- incorporación - atasco, obra - incorporación... ¡ay, Madrid de mis amores!) antes de incorporarnos a la N1, columna vertebral del país, que baja directa desde Zimbabue hasta Ciudad del Cabo, uniendo las tres capitales del país y trazando las más de las veces una recta casi perfecta "en la que ves a tu perro escapándose durante tres días", en palabras de mis compañeros de viaje. Compañeros que desde el primer minuto alternaron siestas e improperios al paisaje castellano de la meseta central sudafricana: del Transvaal al cisvaal una sucesión interminable y apenas ondulada de de barbechos de cereal y de pastos con vacas y cebúes (y avestruces y gacelas). Y cuanto más bufaban y más se desesperaban, más me iba animando yo, atento a distinguir qué sería la siguiente silueta recortada contra el horizonte, qué el siguiente bulto posado sobre el poste de una verja... cualquier cosa que me ayudase a seguir sumando especies. La verdad, qué raro debo de ser, cuando al viajar muchas veces casi con lo que más disfruto es, de hecho, con el viaje...

domingo, 23 de julio de 2017

Bronceado

Bueno, pues no se portaron mal al final los leones; tampoco las otras bestias, y tras quince días de entretenido trabajo de campo y once horas de viaje en coche llegamos ayer de vuelta a Bloemfontein, con datos, cansados, y tristes, supongo. Y contentos también, imagino. Con muchos pájaros y otros bichos en la mochila. Y con muchas fotos e historias con las que entreteneros a lo largo de los días venideros. Y con lo que no creí conseguir nunca durante el invierno: un bronceado muy majo. Todo esto, a partir del lunes... de momento entreteneos con el especial de verano de EMNMM, a ver si os gustan las protagonistas de m artículo.


jueves, 6 de julio de 2017

Cambios

Qué cosas... me estoy dando cuenta esta semana, en que tras haber cambiado de casa voy, claro, por un camino distinto a la facultad; me estoy dando cuenta digo de lo mucho que llegan a cambiar las especies de pájaro que uno ve, solo con ir por una parte u otra del campus. Veo bastantes menos cosas ahora, me temo, y echo en falta especialmente las avefrías y los alcaudones fiscales, que un poco fueron las especies que me recibieron a mi llegada a Sudáfrica. Pero también habría visto antes los tejedores, que por aquí hay más...

Alcaudón fiscal Lanius collaris. De aquí
Nada, aun a riesgo de decir una perogrullada: está visto que, para ver cosas nuevas, hace falta moverse. Así que me voy de aquí... por dos semanas: mañana por la mañana tomo un avión hacia el noreste, porque nos toca realizar los muestreos de campo de invierno en el Kruger. Datos diversos para las alumnas de máster y grado, y sangre de pajaritos para mí, para que al volver (si los leones me lo permiten, quiero decir) pueda ya encerrarme en el laboratorio de sol a sol (yupi...) y empezar con el grueso del que se supone es mi trabajo principal aquí. Pero entremedias, y para coger ánimos, digo yo que algo de bicherío caerá... a la vuelta nos vemos si Dios quiere.

miércoles, 5 de julio de 2017

“Como siempre”

No recuerdo si en su día, cuando llevaba el año pasado algún tiempo en Francia, escribí una entrada similar a esta; por si acaso no voy a mirar… Llega un momento en la vida de todo español por el mundo en que, por pura necesidad fisiológica, descubre que en clases de idiomas lo machacaron a base de phrasal verbs y verbos irregulares, pero olvidaron enseñarle el vocabulario básico para moverse por el mundo: el vocabulario para indicar cómo quiere uno que le corten el pelo, por ejemplo. Cosa que yo llevo mal incluso en español, porque estoy acostumbrado a ir siempre a la misma barbería (tanto en Orense como en Madrid), donde solo tengo que sentarme y asentir cuando el barbero me pregunta “¿como siempre?” Ya me costó primero encontrar dónde poder ir andando a cortarme el pelo aquí en Bloemfontein, pero finalmente conseguí ayer que me diesen cita para esta tarde en una peluquería de señoras, donde nos miramos con cierta desconfianza mutua, ellas pensando no sé en qué, yo en que “ya verás tú cómo sales de aquí mañana con mechas…”. Y sin embargo, a pesar de que me costó hacerme entender por la chica que me atendió hoy, que tenía toda la pinta de desenvolverse solo en afrikáans, pues me quedé muy contento con el resultado. Y encima me pareció de lo más barato, que era otra cosa que me temía iba a doler, viendo cómo era el sitio… Ea, una pequeña batalla vital resuelta con plena satisfacción. A ver la siguiente.

martes, 4 de julio de 2017

No está hecha la miel para la boca del asno...

 ... pero sí para la del ratel. Hace poco me di cuenta de que el bote de miel que tengo por casa tenía impresa la inconfundible silueta del Mellivora capensis, un mustélido que vive por toda África subsahariana y Oriente Medio hasta la India, famoso porque en algún momento el Libro Guinnes decidió colgarle el exagerado sambenito de "animal más feroz para su tamaño", y por su gusto por la miel, exagerado también por los apicultores de las zonas en que vive, a los que no tiembla el pulso a la hora de dispararles o ponerles cepos o veneno. La etiqueta del bote de miel indicaba precisamente que el producto había sido extraído de colmenares amigos del ratel, aunque dicha "amistad" no implica que se le ponga al bicho mesa y mantel, sino que las colmenas se mantienen lejos de su alcance mediante métodos tan sencillos e inofensivos como ponerlas sobre trípodes. Nada que nos suene raro a los del norte de España, vaya.

Pero el ratel, para los que nos criamos entre libros de animales, es también el protagonista de una historia de esas que, por ser mil veces repetidas, acaban transformándose en ciertas: hay un pajarillo en África, el indicador grande Indicator indicator, que entre sus múltiples características curiosas tiene la de alimentarse casi en exclusiva ¡de cera! No de miel y larvas de abeja como la mayoría de los animales que asaltan las colmenas, no: directamente de cera, hasta el punto de entrar en las capillas de los misioneros de antaño para picar los cirios. El pajarillo de todas maneras se llama indicador, y no cerero, por un motivo aún más sorprendente: porque cuando se topa con un humano y está hambriento, se posa cerca de él. Y si ve que es un misionero simplemente le roba un cirio, pero si no lo que hace el bicho es emitir un canto especial y comenzar a moverse poco a poco, con la esperanza de que el humano lo siga. Si esto sucede, el indicador lo guiará hasta donde haya una colmena protegida en un hueco de árbol o entre peñas, con la esperanza de que el humano, al querer sacar la miel, destruya la colmena lo suficiente como para que pueda él luego comerse la cera.
Esta asociación del indicador grande con los humanos está extendida por buena parte de África, y ha sido suficientemente documentada tanto a nivel científico como en multitud de documentales. Pero como los humanos no dejamos de ser unos recién llegados a este mundo, los científicos supusieron que la costumbre de indicar del indicador debía de haber surgido antes, y el ratel, fuerte y amante de la miel, era el candidato ideal...

De modo que ilustraciones como esta, o historias al respecto, se encuentran en multitud de obras de zoología. Pero nunca veréis fotos o vídeos del asunto porque, hélas!, no tiene visos de ser cierto. Otro mito que se nos cae. No por ello tengo menos ganas de ver un ratel, o un indicador. Y desde luego me muero de ganas de que uno de estos pajaretes me escoja para llevarme de paseo. Solo espero que no sea tras aliarse con un león...

lunes, 3 de julio de 2017

Instalado

 ¡Bueno, pues ya está! Me ha llevado un fin de semana de mover bultos, y de colocar y recolocar cosas en unos sitios u otros, según iba cambiando de parecer; pero ya tengo (tenemos, tendremos) casa nueva, y espero que demuestre ser lo suficientemente buena y agradable como para que dure bastantes meses. Un apartamento bastante nuevecillo, con electrodomésticos que uno no suele encontrar aquí en las casas de alquiler...

... y un soleado balcón (es importante lo del sol ahora en invierno; aquí ninguna casa tiene calefacción, y se nota. Ya veremos en verano...) que permite ver que, solo con cruzar la calle, ya estoy en el campus, así que no es que me haya ido muy lejos...
La ubicación en general es de lo que más me gusta, y me puso muy contento también poder por fin desempaquetar todas las cosas que había traído desde España, y que en su mayoría estaban aún en cajas. Desempaquetar las guías por fin, para no tener que ir tan a ciegas, tanteando por Internet, cada vez que me encuentro con un bicho nuevo... aunque el nuevo de este fin de semana no me costó mucho identificarlo: era un vulgar estornino pinto, descendiente de los que introdujeron los ingleses en Ciudad del Cabo en el S. XIX para que se comiesen las uvas de sus viñedos (evidentemente no para eso, pero es lo que tiene, introducir bichos sin ton ni son). A ver si el siguiente bimbo es un poco más exótico y local a la vez.

PD. Y mientras, allá por casa, la primera cita de cría de picamaderos negro en Galicia...