lunes, 26 de septiembre de 2016

Apuntarse a un bombardeo

Me dio por jugar un poco a la "ruleta rusa" ayer al salir de Misa... Hacía un día de lo más agradable, con un sol templado luciendo en el cielo azul (nada que ver con el pasado domingo, de diluvio helador), pero al pasear por la avenida arbolada de vuelta a casa, de vez en cuando se escuchaba el ruido de algo contundente impactando contra el suelo, ruido que se multiplicaba si se levantaba algo de brisa. Sabía lo que era, y aún así ni cambié de acera, ni de ritmo. Ni miré hacia arriba tampoco, que siempre será mejor recibir un castañazo en la cocorota que en las gafas o la nariz. Eso eran: castaños de Indias, regando la calle con su cosecha anual.

Wikifoto
Son cosas que no acabo de entender: que desde la oficina que toque en el ayuntamiento no piensen en no plantar en las calles especies que pueden ser claramente molestas para los viandantes, con la de árboles que hay para escoger de tamaño moderado (mejor que te caiga una rama encima... que una "rama" del tamaño de un arbolito), hojas pequeñas (o mejor, perennes) y frutos secos y pequeños... Esperando una vez en autobús en Orense, en el parque de San Lázaro, me cayó no ya una castaña, sino un erizo entero de estos, y maldita gracia que me hizo. ¿Por qué pues ayer me comporté como lo hice? Bueno, pues no sabría explicarlo; supongo sin más que hay veces en que el cuerpo te pide vivir un poco al límite...

domingo, 25 de septiembre de 2016

sábado, 24 de septiembre de 2016

La 109, ¿la 110, la...?

Giran las manecillas del reloj, van pasando las hojas del calendario, y siendo más o menos conscientes de ello, nos plantamos hace nada en un nuevo otoño. Otoño que en Dijon ha comenzado con sol y temperaturas diurnas agradables, tras un último fin de semana de verano de diluvio y calefacción encendida. Con el discurrir de los meses, se acerca también pasito a pasito el final de mi estancia aquí. Y aunque eso pueda alegrarme en algunos aspectos, no es menos cierto que trae aparejado un "y después, ¿qué?", que de momento se ve como una nubecilla apenas perceptible allá en el horizonte, pero que sin duda irá creciendo con los días, veremos si transformándose en huracán. De momento, yo voy poniendo de mi parte lo que buenamente puedo: tras sacudir las telarañas del pedrusco, Sísifo comienza poco a poco a hacer girar la roca de nuevo. La 109 llegó ayer al Reino Unido, la 110 llegará hoy a Suiza, la 111...

viernes, 23 de septiembre de 2016

Purple Cactus

Espero que me perdonéis un poco de pose y de querer aparentar en esta foto: de alguna manera tengo que compensar haber quedado en la entrada de ayer a la altura del betún... Además que el objetivo de ésta es dar un cierre adecuado a las dos series sobre viajes: la de Francia y la de Bélgica. Si ambos viajes fueron posibles ha sido gracias al cada vez menos nuevo coche de Álex y Andrea: el simpático Cactus morado de la foto. Una feliz coincidencia además que su color coincida con el del coche de la canción "definitoria" de ambos viajes. Ea pues, a ver cuándo volvemos a pisar el campo; ¡que sea pronto!

jueves, 22 de septiembre de 2016

"Not today!"

 Continuando con el relato de ayer, tras pasar la mañana persiguiendo despreocupadamente ranas y sapos, quisimos hacer después de comer una de las rutas del sur del parque nacional. La misma empezaba como una pista a través de un bosque no muy distinto al de por la mañana, con charcas entremezcladas, y tras dar un giro salía del bosque y lo rodeaba, dejando al otro lado una suave pendiente cubierta de brezos y arbolillos jóvenes que descendía hacia un embalse. Nadando en el mismo, y posados en sus orillas, inconfundibles por su aspecto patilargo y desgarbado, había varios grupos de gansos del Nilo Alopochen aegyptiacus, una especie introducida bastante común en los Países Bajos. Todo era paz y tranquilidad: ni un alma a la vista, al contrario que durante la mañana. El sol que empezaba a caer resaltando los tonos anaranjados del matorral y los gansos…

… Lo que sucedió a continuación te sorprenderá.

 Mientras íbamos paseando por la pista, ya poco a poco de vuelta al coche, y coincidiendo curiosamente con un momento en que hablábamos de comer carne de caballo, empezamos a oír relinchos provenientes del bosque. Ya cuando estábamos dentro habíamos visto en algunas partes huellas de herraduras y montones de estiércol equino, así que no es que fuese una sorpresa. Seguimos andando, y al poco rato nos dimos cuenta de que a algo menos de cien metros por detrás de nosotros salía del bosque al camino, piafando mucho, un semental con pinta de Konik, o alguna otra raza de caballos antigua. Como es cada vez más frecuente que en las reservas haya hatos en libertad de caballos o vacas para mantener controlada la vegetación, pues tampoco le dimos mayor importancia. Pero el caballo relinchó con fuerza un par de veces mirando al horizonte… y después se giró hacia nosotros y, al vernos, aceleró el paso, mientras que con la cabeza gacha y las orejas hacia atrás, enseñando los dientes nos dirigía cariñosos relinchos que no hacían presagiar nada bueno…

 “Tú, que está todo cabreado, ¡vámonos!”, o algo así debí de decirle a Álex. Pero cuando empezamos a andar con paso ligero, el caballo hizo lo propio, redoblando sus señas de enfado… ¿Qué haríais vosotros en esa situación? Os digo lo que hice yo, que no soy precisamente la persona más valiente del mundo, y que no me siento especialmente relajado rodeado de animales mayores que una oveja: perdí completamente los nervios. Tras evaluar la situación en una fracción de segundo y darme cuenta de que el único árbol que quedaba cerca era un tronco muerto de abedul, podrido y sin ramas, eché a correr ladera abajo y alejándome del engendro hacia el embalse, con la idea de, si conseguía llegar antes de que nos alcanzase, saltar al agua. Tras unos primeros segundos en blanco, recuerdo ver por el rabillo del ojo cómo 1) Álex me seguía, y 2) que iba cada vez más despacio. Me sentí entonces a la vez horriblemente mal por haber echado a correr sin prestarle al pobre la menor atención, y tremendamente enfadado con él porque se estuviese parando. Me giré a decirle que se moviese y, según sus propias palabras, él descubrió entonces la literalidad de la expresión “rostro desencajado de terror” (¡qué bochorno…!). Me di cuenta de que no se escuchaba a la bestia, pero estaba terriblemente nervioso porque, al haber descendido por la ladera, ahora los arbustos impedían ver qué había más allá de unos pocos metros, y temía que la criatura saliese de repente de nuevo de entre los mismos, sin darnos tiempo a reaccionar y a seguir corriendo. Álex dijo que él al correr sí iba mirando hacia atrás, y que había visto cómo el  caballo llegaba hasta donde habíamos estado nosotros y que entraba en el matorral, pero que le parecía que se había detenido unos pocos metros después. Haciendo una evaluación rápida de la situación, Álex era partidario de remontar hacia el bosque, porque según él en campo abierto el caballo nos alcanzaría sin dificultad, mientras que en el bosque esquivando los árboles le costaría más correr, y además siempre podríamos subir a alguno. A mí el bosque no me había parecido tan denso como para frenar el avance de un caballo asesino, y además, dado que el caballo había salido de él, me parecía más juicioso seguir caminado por entre los arbustos y cerca del agua, para poder saltar dentro si venía, siguiendo la peregrina lógica de que el caballo no querría tanto matarnos como “echarnos de allí”, y que el agua le parecería ya “fuera” de su territorio. Y además, como el propio Álex recalcó (je, je), de todos es sabido que los caballos, como los hipopótamos, odian el agua. Como quiera que mi estado de nerviosismo no me permitía mover las piernas hacia arriba de vuelta al bosque, pues seguimos andando pegados al agua, contra el parecer de Álex. La verdad es que estuve tentado de darle la razón más de una vez, ya que la zona por la que íbamos caminando ahora entre los arbustos estaba llena de pisadas y bostas de caballo, pero a Dios gracias no nos cruzamos con ninguno más, que no sé cómo hubiera reaccionado yo. Llegamos eventualmente a un punto donde un pequeño arroyo que moría en el embalse había excavado un pequeño barranco y, tras cruzar esa pequeña barrera psicológica, me sentí por fin un poco más tranquilo.

De la manera más absurda, apareció entonces una señora de mediana edad en bañador preguntándonos cosas en flamenco, que cambió luego al inglés para decirnos que si éramos nosotros los que estábamos antes al fondo en la orilla del embalse… “sí, supongo que sí” “Pero ¿erais los que estabais nadando?” “¿? No” “Ah, no, nada entonces. Es que está prohibido nadar en el embalse…”. Genial, señora. La dejamos allí velando por la ley y deseando por un instante que el caballo nos estuviera siguiendo, y después de un rato, tras cruzar la verja que antes habíamos atravesado para empezar el recorrido, me sentí por fin a salvo.

Bueno, pues hasta aquí la historia. Espero que os haya gustado, y que no os estéis atragantando con la risa, como parece que le sucedió a todos los que les contamos esta near-death experience por wasap justo después de que nos sucediese ¬¬. Intentando darle algo de sentido a por qué el caballo se comportó así con nosotros, me puse a buscar por Internet cosas sobre ataques de caballos, y llegué a la página de este curioso hombrecillo, que parece saber mucho de caballos. Seducido por su parecido con John Hammond, le escribí contándole un resumen de lo de arriba y pidiéndole su parecer; por lo demás sin muchas esperanzas de que siguiese vivo contestase alguna vez, visto el moderno estilo de su web. Inopinadamente no sólo me contestó en pocas horas, sino que de hecho lo hizo poniendo la historia a disposición de todo el mundo (al menos borró mi nombre, ejem). Así que, si antes contestasteis mentalmente a la pregunta de qué hubierais hecho, mirad ahora si concuerda con la respuesta de un experto mundial en la materia. Yo desde luego no puedo estar más de acuerdo con su decisión final de qué hacer con el caballo. Con patatas, si puede ser...

PD. Para los que os estéis preguntando quién narices es la señora de las fotos, os dejo con Michelle Dobyne.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Hoge Kempen

¡Por fin, termino ya con las entradas sobre mis viajes recientes! Parece mentira: otras veces me pilla la vida falto de ideas para escribir y desearía tener al menos fotos que comentar; y ahora que sí las tenía, las iba dejando en la recámara de un día para otro... no sé si será porque no son muy buenas, pero en fin, eso tampoco es sorpresa...

 Os contaba en la entrada anterior que el domingo 11 nos despertamos en una Lovaina lluviosa y tristona, pero el día anterior no: el sábado lució un sol radiante durante toda la jornada. Y por la mañana fuimos a visitar el Parque Nacional de Hoge Kempen, lindando ya con la frontera de Holanda.

 En España asociamos "parque nacional" con grandes paisajes agrestes, montañosos las más veces, y en general con poca presencia humana. Las montañas, claro, son mas difíciles de colonizar y transformar que el llano. Por eso aquí en Centroeuropa los parques nacionales son bastante más modestitos: bosques de llanura, que se salvaron (o, más bien, recuperaron) de la tala, y tampoco demasiado grandes. Hoge Kempen en concreto es un terreno bastante arenoso, y por ello poco apto para cultivar: dunas fósiles de cuando el mar estaba más metido en los Países Bajos, cubiertas ahora por brezales de brecina y bosques más o menos mixtos y repoblados de pino albar y robles variados.

 Bosques en donde lo avanzado de la hora a la que fuimos, y la afluencia notable de paseantes, no nos dejaron realizar grandes observaciones ornitológicas (aunque sí escuchamos durante bastante tiempo reclamar y tamborilear un picamaderos negro). Suerte que, a falta de cielo, siempre queda el suelo para echar un ojo. Y más nosotros, que nos entretenemos fácil, ya sea con un Carabus sp. grande y brillante...

 ... o intentando perseguir una rana bermeja Rana temporaria, mucho más ágil entre los zarzales que nosotros.

Por supuesto no faltaban tampoco las charcas en que echar un ojo a todo lo que pululaba fuera y dentro del agua.

 Por fin pudimos por ejemplo echarle un ojo a las ranas verdes, pero... nos quedamos casi como estábamos. Os cuento el problema: en buena parte de Centroeuropa hay dos especies de rana verde, la mayor Pelophylax ridibundus y la menor P. lessonae, relativamente similares, y que se diferencian en una serie de detalles de la coloración y la morfometría (en mano, digo, que si me dejasen un laboratorio un momentito otro gallo cantaría...). Pero a mayores hay un taxón híbrido, la rana verde comestible P. kl. esculentus derivado de las otras dos, con caracteres intermedios entre ambas. Estas ranas en realidad no son híbridos "sin más", sino cleptones, una cosa que ya sería muy larga de explicar (pero os dejo un enlace)... pero bueno, a lo que voy: que sin tener la experiencia previa de haber cogido y medido muchas de estas ranas, uno coge las pocas a las que pudimos echar el guante, y se queda como estaba. Así que ahí arriba tenéis una rana que no había visto antes, pero ¿cuál? A saber...

Menos mal que los sapos corredores Epidalea calamita son mucho más sencillos de identificar, y le calman a uno los nervios. A éstos nos los encontramos enterrados un poco por todas partes cerca de las charcas, escapando del calor del mediodía. Y todavía nos quedaba un encuentro con otro vertebrado, uno que sin duda seguiremos recordando cuando ya no nos acordemos de si vimos ranas o no... pero ya lo dejo para la siguiente entrada.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Lovaina

 Llovía hace una semana en Lovaina, el domingo por la mañana, cuando salimos a recorrerla Álex y yo. Llovía, pero menos que ayer en Dijon, y en todo caso, aunque salga en las fotos el cielo siempre quemado (meses hace que la tengo, y aún no me he sentado a mirar las instrucciones...) y gotas de agua del objetivo, tengo que enseñaros un poco cómo es la bonita ciudad en la que se va a pasar el chico de estancia estos tres meses.

 Bonita lo es, un rato largo, pues aunque los monumentos principales estén todos muy concentrados, las construcciones son en general muy armónicas y agradables de ver y pasear. Entre los monumentos destaca sobre todo el ayuntamiento gótico, protagonista de buena parte de las postales de la ciudad. Es curioso señalar que todas las estatuas de la fachada, de santos y notables locales, son un añadido muy posterior, pues datan del S. XIX.

 Puerta con puerta con el ayuntamiento, compartiendo plaza, está la catedral de San Pedro; aunque resulta difícil mostrarla como merecería, porque no tiene "aire", está muy rodeada de edificios por todas partes. Por dentro además estaba en obras y no hubo mucho que se pudiese fotografiar.

 De cualquier modo, al igual que en ciudades como Santiago o Salamanca, Lovaina "es" la universidad. Y si bien el edificio del Rectorado comparte espacio con los otros monumentos, el resto de facultades y residencias se esparcen por todos los barrios, llenando la ciudad de juventud.

 Y entre las residencias destaca sobremanera ésta, el Gran Beguinaje. Los beguinajes, o beaterios, muy típicos del área flamenca, eran comunidades de mujeres, las más de las veces viudas, que sin llegar a ser religiosas vivían en comunidad en un ambiente de oración, y manteniéndose a través de distintos trabajos.

 Tras sucesivos periodos de esplendor y decadencia, el beguijane ya abandonado de Lovaina, toda una pequeña ciudad intramuros, estuvo a punto de ser demolido para construir un barrio moderno, pero finalmente fue adquirido por la Universidad en 1964 y rehabilitado como residencia estudiantil.

 Trescientos apartamentos en total repartidos en unas cien casitas, con sus callejuelas, plazas, jardines, pequeños canales y demás. ¡Lástima que ya no hubiese sitio cuando Álex buscó dónde alojarse...!

Y nadando en el canal de arriba éstos que creo son cachos Squalius cephalus; o tal vez no, que lo que sobran en Centroeuropa son especies de ciprínidos. Pero algún bicho había que meter en la entrada... ya la siguiente la dedicaremos por entero al campo.