domingo, 19 de marzo de 2017

Val do Gorgua

 Un enlace enviado al wasap por parte de mi hermana mayor, acompañado de una escueta invitación/petición para acompañarla a hacer una ruta guiada por el valle del Gorgua, me pilló en modo "familiar", recién retornado de Francia; y le dije que "sí". Y allí nos fuimos ayer por la mañana, acompañando a otras 25 personas más o menos andarinas y a un guía que perdía bastante el resuello en las cuestas arriba.

Si bien el enlace de la ruta prometía "amplias vistas panorámicas", la niebla de primera hora no parecía darle mucho la razón... pero al menos nos hizo más llevadera la subida inicial, desde el párking donde quedaron todos los coches, escudriñados veladamente desde más de una ventana (que bien me fijé).

 Sin embargo, en estos tremendamente cálidos y soleados días de final de invierno que estamos teniendo, no tardó la niebla en levantar; y al llegar al punto más alto de la ruta sí tuvimos unas vistas bastante decentes del municipio de Padrenda en su conjunto, en Orense, pero a un paso de Pontevedra y a menos aún de Portugal, en plena sierra del Laboreiro. El Gorgua, cuyo valle remontamos por la margen izquierda y descendimos por la opuesta, es afluente del Deva, que a su vez desemboca en el Miño allá abajo, oculto bajo las nubes.

Las vistas, como las de la foto anterior, son siempre bonitas de ver, pero como suelo decirlos ya sabéis, es lo único que deberíamos enseñar de Galicia por el mundo adelante. Que cuando uno empieza a hacer zoom enseguida aparece el hormigón y la uralita, y los acolitos plantados en el medio de los soutos, a costa de los antiguos castaños; y las laderas vestidas de tojos floridos allí donde no lo están de floridas mimosas, amarillos unos y amarillas las otras, señal unas y otros de que antes el amarillo fuego ha ardido allí mil y una veces...

 Pero bueno, haciendo suficiente zoom en el sitio correcto, uno se mete corredoira abajo por la ladera y, rodeado de musgo y carballos, puede incluso olvidarse de lo que hay cinco metros más allá a izquierda o derecha. Padrenda es el primer municipio donde el Miño no actúa de frontera natural con Portugal, y a resultas de eso estos caminos han visto a lo largo de los años pasar milicianos y contrabandistas de un lado a otro con puntual regularidad.

 Y mucho de ese trajín lo habrán visto pasar también el puñado de castaños varias veces centenarios que crecían a los bordes del camino, aguantando mal que bien el envite del fuego, del hacha, de la tiña y de los hongos de la madera...

 ... y de vez en cuando de los pinos que, como este, arraigaron directamente en el interior del árbol original.

 El último tercio de la ruta discurría ya a orillas del Gorgua (de etimología que no he sido capaz de localizar), a ratos remansado y a ratos saltarín, con muchos molinos ruinosos a la vera del cauce.

 Otra cosa no, pero agua había a mansalva a lo largo de toda la ruta: corriendo por arroyuelos, manando de muchas fuentes y rellenando abrevaderos o lavaderos en desuso como este, ocupado ahora por multitud de larvas de salamandra.

 Flores había también unas cuantas, pero, un tanto agobiado por no ser yo el que frenase el ritmo del viaje, no quise pararme a hacerles fotos con calma, y así salieron de mal la mayoría de ellas... conformaos con esta mata de Lithodora prostrata, tan apañada que casi parecía plantada a apropósito en las grietas del muro.

 Curiosamente, y aunque las hice tirando del zoom digital, me salieron bastante mejor las fotos que les hice al par de pajaretes que se pusieron a tiro. Esta es una hembra de escribano soteño Emberiza cirlus, bastante similar a la del escribano cerillo, pero fácil de distinguir así de espaldas por tener el obispillo grisáceo y no herrumbroso.

Este otro petirrojo Erithacus rubecula en cambio no se presta a confusión con nadie.

Y así pasó la mañana: entre petirrojos y musgos, ríos y tojos. Y sin llegar a socializar mucho con el resto del grupo, pero sin padecerlos tampoco. Y disfrutando mucho del sol y de la manga corta... que ¡hay que ver, qué lejos y casi olvidado me pilla ya Dijon! Que no vosotros, los dijoneses: que lejos sí estáis, pero olvidados cada día menos...

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